La IA aprendió a escribir de los humanos. Ahora los humanos intentan no sonar como IA
Editores y periodistas empiezan a modificar sus hábitos de escritura y edición para evitar que los textos parezcan generados por inteligencia artificial. El fenómeno se debatió en el reciente congreso de ACES.
La inteligencia artificial aprendió a escribir imitando a los humanos. Ahora, cada vez más redactores y editores se esfuerzan por no sonar como las máquinas que ellos mismos entrenaron.
Este giro inesperado se hizo evidente durante el reciente congreso de ACES: The Society for Editing, donde editores veteranos confesaron estar haciendo cosas que hace unos años hubieran parecido absurdas: dudar de habilidades construidas durante décadas, rechazar ciertos signos de puntuación o reescribir párrafos enteros solo porque “suenan a ChatGPT”.
El em dash (—), ese guión largo que muchos usamos para insertar ideas laterales con fluidez, se ha convertido en una bandera roja. Varios participantes contaron que ahora lo evitan o lo reemplazan por comas o puntos porque las herramientas de detección de IA lo marcan como sospechoso. Lo mismo ocurre con estructuras de oraciones demasiado pulidas, transiciones predecibles o un tono excesivamente neutral y equilibrado.
“Es como si estuviéramos desentrenándonos”, resumió uno de los editores presentes. Después de años de pulir textos para que sean claros, concisos y profesionales, ahora hay que introducir deliberadamente ciertas imperfecciones humanas: variaciones en el ritmo, toques de voz más personal, incluso alguna irregularidad sintáctica controlada.
Este fenómeno no es solo estético. Refleja una tensión más profunda en la industria: cómo mantener la credibilidad y la autenticidad cuando las máquinas producen copias cada vez más convincentes de nuestro trabajo. Los editores se encuentran en la paradoja de tener que “humanizar” textos que antes hubieran considerado perfectamente editados.
La discusión en ACES también puso sobre la mesa el rol cambiante de la edición. Ya no se trata solo de corregir errores o mejorar la claridad. Ahora incluye una capa adicional: certificar que el texto lleva la marca inconfundible de un ser humano. Eso exige que los periodistas y editores desarrollen una especie de “detector interno” de patrones de IA y aprendan a contrarrestarlos sin sacrificar calidad.
Algunos participantes advirtieron sobre los riesgos. Forzar la diferencia puede llevar a estilos artificialmente “humanos” que terminen sonando tan falsos como el texto de una IA. Otros defendieron que este ejercicio obliga a repensar qué es lo que realmente valoramos en la escritura periodística: la precisión, la originalidad, la voz personal o simplemente la ausencia de patrones predecibles.
Más allá de modas pasajeras, el debate deja una enseñanza práctica para las redacciones. Conviene revisar los manuales de estilo internos para incorporar criterios que ayuden a diferenciar el trabajo humano. También es útil entrenar a los equipos jóvenes para que reconozcan tanto las fortalezas como las limitaciones de las herramientas de IA y sepan cuándo y cómo intervenir para preservar la autenticidad.
La ironía es evidente: después de décadas persiguiendo estandarización, claridad y eficiencia, ahora parte del oficio consiste en volver a introducir aquello que las máquinas todavía no logran replicar del todo: la huella imperfecta, impredecible y profundamente humana de quien escribe.