Despido en McClatchy: la necesidad de periodismo local no se va con uno
Un periodista de salud pública en Kentucky reflexiona sobre su salida del Lexington Herald-Leader y por qué las comunidades siguen necesitando cobertura cercana pese a los recortes.
El despido duele siempre. Duele más cuando uno sabe que el vacío que deja no se va a llenar fácilmente. Eso es lo que ocurrió hace poco en el Lexington Herald-Leader, del grupo McClatchy, donde fui parte del equipo que cubría salud pública en el este de Kentucky.
Cuando me contrataron en 2019, el objetivo era claro: cerrar una brecha informativa. Durante años, esa región montañosa había quedado prácticamente huérfana de reporteros dedicados a temas de salud. Las comunidades rurales enfrentan desafíos específicos: tasas altas de enfermedades crónicas, dificultades de acceso a la atención médica, impactos de la crisis de opioides y, después, la pandemia de COVID-19. Mi rol era contar esas historias desde adentro, con contexto local y fuentes cercanas.
El trabajo consistía en escuchar a enfermeras de clínicas rurales, a directores de salud del condado, a familias que manejaban horas de viaje para una consulta y a funcionarios que intentaban estirar presupuestos magros. Ese tipo de cobertura no se improvisa. Requiere tiempo, confianza y conocimiento del terreno. No es lo mismo que despachar una nota desde una capital lejana.
Los recortes en McClatchy, como en tantos otros grupos, responden a presiones financieras conocidas: caída de ingresos por publicidad impresa, deuda heredada y la dificultad para monetizar el periodismo digital en mercados pequeños. Pero la ecuación es cruel. Mientras las empresas reducen personal, las necesidades informativas de las comunidades no se achican. Al contrario. En momentos de crisis –ya sea una inundación, un brote o el cierre de un hospital rural– la demanda de información confiable y cercana aumenta.
El periodismo local no es un lujo. Es una infraestructura básica para la democracia. Cuando desaparece, el espacio se llena de rumores, de comunicados oficiales sin filtro o, peor aún, queda vacío. Los lectores dejan de ver reflejados sus problemas cotidianos. Y los periodistas que se van cargan con el conocimiento acumulado: contactos, historia institucional, olfato para la noticia que solo se gana con años en la misma cancha.
No se trata de nostalgia por un modelo que ya no cierra. Se trata de reconocer que ciertos roles siguen siendo indispensables. Cubrir salud pública en el este de Kentucky no era un capricho editorial; era una respuesta a una necesidad concreta. Esa necesidad no desapareció el día que me despidieron.
Desde la salida, sigo pensando en cómo sostener ese tipo de trabajo. Hay experiencias de noticias sin fines de lucro, cooperativas de periodistas, fondos filantrópicos y modelos de suscripción comunitaria que intentan llenar los huecos que dejan los grandes grupos. Ninguno es mágico ni resuelve todo, pero varios demuestran que es posible producir periodismo serio sin depender exclusivamente de la publicidad tradicional.
El desafío es estructural. Las redacciones tienen que seguir discutiendo cómo priorizar la cobertura local sin caer en el sensacionalismo barato ni en la dependencia total de subsidios. Los periodistas despedidos, por su parte, debemos encontrar formas de seguir aportando: como freelancers, en proyectos colaborativos o ayudando a formar a los que vienen atrás.
El título de esta nota es literal. McClatchy me despidió. Pero la necesidad de que alguien cuente lo que pasa en las clínicas rurales, en los consultorios saturados y en las familias que luchan por acceso a medicamentos no se fue conmigo. Esa necesidad sigue ahí, latiendo en cada condado del este de Kentucky. La pregunta es quién va a cubrirla ahora, con qué recursos y bajo qué modelo de sostenibilidad.
Mientras tanto, vale la pena recordarlo: reducir personal no reduce los problemas. Solo reduce la capacidad de la sociedad para verlos, entenderlos y, eventualmente, resolverlos.