Antes de que el true crime estuviera en todos lados, estaba 'Dateline'
El programa de NBC que popularizó el formato de historias criminales con narración televisiva marcó un antes y un después en el periodismo de no ficción. Hoy, con el boom del true crime, vale revisar cómo Dateline definió reglas, desafíos éticos y técnicas que siguen vigentes.
Cuando el true crime se convirtió en género omnipresente —podcasts, series, redes, libros— muchos olvidan que su versión moderna para televisión masiva nació hace más de tres décadas en un programa de la cadena NBC.
Dateline NBC debutó en 1992 como un magazine noticioso de actualidad y, con el tiempo, sus segmentos de investigación criminal se volvieron su sello distintivo. Lo que empezó como una apuesta por historias policiales contadas con ritmo de drama televisivo terminó definiendo una forma de hacer periodismo que aún hoy genera tanto admiración como debates éticos.
El programa no inventó el true crime, por supuesto. Pero sí lo llevó a la sala de estar de millones de estadounidenses con una combinación de entrevistas exclusivas, reconstrucciones dramatizadas y un tono narrativo que priorizaba la tensión por encima de la frialdad informativa. Esa fórmula demostró ser comercialmente exitosa y abrió la puerta a una industria que hoy factura millones en múltiples plataformas.
Desde la redacción, quienes seguimos el oficio sabemos que Dateline obligó a repensar varias reglas. ¿Hasta dónde es legítimo reconstruir escenas de un crimen con actores? ¿Cómo se equilibra el derecho de las víctimas y sus familias a ser escuchadas con el riesgo de revictimización o de convertir el dolor ajeno en entretenimiento? Esas preguntas no tenían respuestas fáciles en los 90 y siguen sin tenerlas del todo.
El programa también fue pionero en el uso intensivo de recursos audiovisuales: música incidental, cliffhangers antes de la pausa publicitaria y una voz en off que guiaba al espectador como en una película. Técnicas que hoy parecen obvias, pero que en su momento generaron críticas feroces desde sectores más tradicionales del periodismo que las consideraban sensacionalistas.
Con el paso de los años, Dateline acumuló episodios que se volvieron emblemáticos. Algunos casos resolvieron crímenes fríos gracias a la presión mediática; otros generaron controversia por posibles sesgos en la narración o por haber dado por cerrado un caso que luego la justicia reabrió. Esa dualidad es, precisamente, lo que lo convierte en un espejo del periodismo criminal televisivo: capaz de hacer justicia y de cometer excesos en el mismo movimiento.
En un momento en que las plataformas de streaming y los podcasts independientes producen true crime a escala industrial, vale mirar hacia atrás y preguntarse qué enseñanzas dejó Dateline. Primero, la importancia de la verificación rigurosa antes de emitir. Segundo, la necesidad de transparentar las s y los límites de lo que se sabe. Y tercero, la responsabilidad de no convertir a las víctimas en meros personajes de un relato.
El programa sigue al aire, aunque el ecosistema mediático cambió radicalmente. Ya no es el único jugador fuerte en el rubro, pero su influencia se nota en casi todas las producciones que vinieron después. Quienes hoy hacen periodismo de investigación criminal, sea en televisión, audio o texto escrito, trabajan en un terreno que Dateline ayudó a moldear.
Desde la perspectiva del oficio, el legado más duradero quizá sea haber demostrado que las historias de crimen real pueden ser contadas con rigor periodístico y, al mismo tiempo, con recursos narrativos que capturan la atención de una audiencia masiva. El desafío actual es mantener ese equilibrio sin caer en la explotación ni en la simplificación excesiva.
En un contexto de precarización de las redacciones y de competencia feroz por clics y minutos de atención, volver sobre Dateline no es nostalgia. Es una forma de recordar que las decisiones editoriales que tomamos hoy —qué caso elegimos, cómo lo contamos, qué reconstruimos y qué omitimos— tienen consecuencias que van mucho más allá del rating o del número de descargas.