Tucker Carlson pasó de rechazar las teorías sobre el 11-S a difundirlas ante millones
El periodista, que en 2008 se burlaba de las conspiraciones sobre los atentados, ahora les da espacio en su plataforma. Un cambio que abre interrogantes sobre credibilidad y rol de los medios independientes.
Hace casi dos décadas, Tucker Carlson moderaba un acto de Ron Paul y escuchó a un orador cuestionar la versión oficial de los atentados del 11 de septiembre de 2001. Su reacción fue inmediata y cortante: descartó la idea como absurda y se negó a seguirle el juego.
Hoy, en 2026, el panorama es distinto. El exconductor de Fox News, que construye su audiencia principalmente a través de su propio sitio y redes, ha comenzado a dar lugar a voces que promueven teorías alternativas sobre el 11-S. El viraje no pasó inadvertido para quienes siguen la evolución del periodismo de opinión y el peso que tienen las plataformas personales en la distribución de información.
El cambio de postura no es un detalle menor. Carlson alcanzó en su momento audiencias masivas en televisión tradicional. Al abandonar ese formato y apostar por un modelo más autónomo, multiplicó su capacidad de llegar directamente a seguidores sin filtros editoriales de un medio grande. Esa libertad, que en teoría favorece la independencia, también elimina los controles que antes podían frenar la difusión de afirmaciones sin sustento verificable.
Desde la perspectiva del oficio, el caso ilustra una tensión clásica: hasta dónde llega la libertad de expresión cuando se trata de temas que ya fueron exhaustivamente investigados por comisiones oficiales, periodistas y expertos. Las teorías conspirativas sobre el 11-S han sido desmentidas de manera sistemática durante más de veinte años. Sin embargo, en el ecosistema actual de podcasts y streams largos, repetirlas genera clics, retweets y, sobre todo, sensación de revelar “lo que nadie se anima a decir”.
El periodismo responsable se construye sobre verificación, atribución clara de s y disposición a corregir cuando se equivoca. Cuando un comunicador con peso decide ignorar ese camino y opta por amplificar dudas que ya fueron respondidas, envía un mensaje implícito a su audiencia: la verdad institucional es sospechosa por definición. Ese escepticismo generalizado puede ser sano en dosis pequeñas, pero se vuelve tóxico cuando sustituye el rigor por la mera especulación.
No se trata de censurar. Se trata de asumir que la plataforma conlleva responsabilidad. Un periodista o comentarista que llega a millones tiene mayor deber de contextualizar, de aclarar qué está probado y qué pertenece al terreno de la hipótesis sin respaldo. Omitir ese paso no es neutralidad; es una elección editorial con consecuencias concretas sobre la confianza pública.
El episodio también refleja un problema más amplio de la industria: la precarización de los chequeos de datos y la dificultad de competir con narrativas emocionales que se propagan más rápido que los desmentidos. Las redacciones tradicionales perdieron terreno ante figuras que construyen marca personal sin rendir cuentas a un editor o a un código de ética visible.
Para los que se forman en periodismo, el caso Carlson sirve de estudio práctico. Muestra cómo un mismo profesional puede sostener posiciones opuestas en diferentes etapas de su carrera y cómo el formato (televisión masiva versus plataforma propia) influye en las decisiones sobre qué se publica y cómo. También recuerda que la credibilidad se construye con coherencia a lo largo del tiempo, no con giros que parezcan responder más a la conveniencia del momento que a nuevos elementos de prueba.
En un año marcado por conmemoraciones del 11-S, vale la pena volver sobre lo básico del oficio: verificar antes de publicar, distinguir entre hecho y opinión, y resistir la tentación de convertir el escepticismo en espectáculo. La libertad de prensa incluye el derecho a equivocarse, pero también la obligación profesional de no inducir al error deliberadamente.