Tu redacción puede no tener un editor de estándares, pero igual necesita alguien que cumpla ese rol
En tiempos de guerra, desinformación y presión por velocidad, la función de velar por los estándares éticos y editoriales no puede quedar huérfana. Un cronista con experiencia en redacciones explica por qué es clave designar a alguien –aunque sea informalmente– para ese trabajo.
La invasión rusa a Ucrania en febrero de 2022 puso a prueba a las redacciones de todo el mundo. En los primeros días, con la información cambiando hora a hora y la presión por publicar primero, las decisiones editoriales se tomaban sobre la marcha. Muchas veces sin un filtro claro de estándares.
Aunque pocas redacciones argentinas o latinoamericanas tienen un editor de estándares formal –ese rol que en algunos medios anglosajones se llama “standards editor” o “ombudsman interno”–, el vacío se siente. Alguien tiene que hacerse cargo de las preguntas incómodas antes de que salga la nota: ¿esta fuente es confiable en tiempo real? ¿Estamos amplificando desinformación rusa o ucraniana? ¿La imagen que publicamos respeta la dignidad de las víctimas?
El rol no requiere un cargo nuevo con sueldo extra. Puede ser el subeditor de cierre, el jefe de redacción o un periodista senior con autoridad moral dentro del equipo. Lo importante es que tenga la potestad explícita de frenar una publicación, pedir una verificación adicional o exigir que se cambie el enfoque.
En la práctica, esto significa revisar el uso de términos como “invasión”, “operación especial” o “genocidio” según corresponda al estilo editorial adoptado. Significa decidir si se publica un video crudo de un ataque o se opta por una descripción textual. Significa cuestionar si la entrevista a un funcionario en medio del conflicto incluye el contexto suficiente sobre posibles sesgos.
Sin alguien que haga estas preguntas de manera sistemática, las decisiones terminan recayendo en el reportero de turno, que suele estar demasiado cerca de la fuente o bajo presión de tiempo. El resultado es inconsistencia: un día se publica algo que al siguiente se corrige con vergüenza.
Tampoco se trata solo de guerra. La misma lógica aplica a la cobertura electoral, a las denuncias de corrupción o a cualquier tema donde la desinformación circula rápido. Un editor de estándares –o quien cumpla esa función– es el que mantiene la credibilidad a largo plazo cuando la urgencia del momento ya pasó.
En redacciones chicas, la solución más realista es formalizar la responsabilidad por escrito. Puede ser una persona rotativa por semana o un equipo de dos que se consulte mutuamente. Lo clave es que no quede librado al “todos somos responsables”, porque en la práctica eso suele significar que nadie lo es.
La experiencia de los primeros días de la invasión a Ucrania mostró que los medios que tenían protocolos claros y alguien con poder de veto lograron menos rectificaciones públicas y mayor confianza de su audiencia. No es magia: es proceso.
Tener un guardián de los estándares no garantiza la perfección, pero reduce errores evitables y protege la marca periodística en un ecosistema donde la confianza es el recurso más escaso. Las redacciones que aún no lo hicieron deberían empezar a discutirlo. No hace falta un título pomposo. Hace falta alguien que se anime a decir “no” cuando corresponde.