Periodismo de movimiento bajo ataque: cómo el recorte de fondos amenaza a Prism, Scalawag y Press On
Prism, Scalawag y Press On, referentes del periodismo de movimiento, perdieron cientos de miles de dólares en financiamiento filantrópico. Las fundaciones evitan apoyar coberturas que puedan convertirlas en "walking targets" del gobierno federal.
El mes pasado Prism anunció que perdió medio millón de dólares en apoyo filantrópico acumulado durante 2026 y necesita 25 mil dólares antes de fin de verano para seguir operando. Para quienes seguimos el desarrollo del periodismo de movimiento, la noticia cayó como un balde de agua fría.
El periodismo de movimiento —o periodismo al servicio de la liberación— es una práctica con siglos de historia que Project South bautizó formalmente en 2017. Prism, nacido en 2019, se había consolidado como uno de los ejemplos más visibles de esa corriente, junto con Scalawag y Press On. Las tres organizaciones priorizan comunidades BIPOC, cuestionan sistemas de poder y construyen sus agendas desde las bases. Hasta hace poco parecían resistir mejor que el resto de la industria las turbulencias del mercado.
Ahora enfrentan un doble frente: los ataques directos a la prensa y una retracción estructural en la filantropía. Lara Witt, editora en jefe de Prism, lo resume sin rodeos: “Como redacciones sin fines de lucro, estamos lidiando con ataques al periodismo y ataques a la filantropía. Esto no es solo una contracción post-COVID; es legal, estructural y fascista”.
Según Witt, la visibilidad de Prism y su foco en comunidades racializadas la convierten en un “walking target” para la administración Trump, que ha endurecido su cruzada contra iniciativas de diversidad, equidad e inclusión y contra lo que llama “organizaciones de izquierda”. Dos fundaciones decidieron no renovar subvenciones multianuales. El resultado fue inmediato: dos despidos, recorte a la mitad del presupuesto para freelancers y una reestructuración completa de la redacción.
Prism depende en más del 90 % de grants. Por eso lanzó una campaña de emergencia para cubrir gastos de freelancers y empezar a diversificar sus fuentes. Al momento de publicarse esta nota, la campaña había alcanzado alrededor del 30 % de su meta.
Scalawag vivió un caso aún más explícito. En abril, Da’Shaun Harrison, su director ejecutivo, reveló que una fundación retiró una subvención de tres años tras considerar que un newsletter del 7 de octubre de 2025 —que conmemoraba vidas palestinas perdidas— “condonaba y celebraba” violencia. El texto incluía un link a material del Hamas Media Office. La pérdida fue de 210 mil dólares. Poco después, otra fundadora informó que no desembolsaría los 425 mil dólares restantes de un grant de 575 mil, argumentando solo que la organización no pasó una “revisión de cumplimiento”.
Harrison interpreta estas decisiones como parte de un esfuerzo concertado para cerrar medios independientes que no sirvan a la narrativa estatal. “Hay mucha gente en filantropía que son sionistas explícitos”, dijo. Scalawag se convirtió en uno de los primeros medios independientes en visibilizar públicamente una respuesta punitiva por cobertura sobre Palestina.
Press On, colectivo sureño que desde 2019 capacita periodistas de movimiento, ve el fenómeno en una perspectiva histórica más larga. Sus codirectoras Nadeen Bir y Coral Feigin señalan que la “hambruna” filantrópica contra coberturas de Palestina precede a Trump. “La filantropía es producto del capitalismo racial y se comporta como cualquier otro sistema bajo el capitalismo”, afirmaron en una declaración. Consideran que los funders deben volverse “creativos y valientes” y citan el ejemplo de Funders4Ceasefire y de fundaciones spend-down que entregan recursos sin exigir alineación ideológica.
Borealis Philanthropy, una de las que sigue apoyando a Prism y Scalawag, mueve anualmente más de cuatro millones de dólares hacia editores negros, indígenas, latines, asiáticos y árabes. Alicia Bell, directora del Racial Equity in Journalism Fund de Borealis, describe el impacto humano: “La gente está más deprimida, ansiosa, nerviosa. Ese estrés se incrusta en los cuerpos y genera problemas de salud que acortan la vida”.
Bell critica la narrativa que culpa a las redacciones por “no adaptarse a las condiciones de mercado”. Recuerda que el propio propósito histórico de la filantropía es precisamente compensar las fallas de un mercado que no fue diseñado para servir a todas las comunidades.
El panorama es desalentador, pero no terminal. Witt, Harrison, Bir y Feigin coinciden en que la solución pasa por reducir la dependencia de unos pocos grandes funders, construir bases de lectores más sólidas y explorar donantes individuales de alto patrimonio que actúen como “traidores de clase”.
Mientras tanto, Prism sigue reconstruyendo desde abajo. Witt admite que no duerme sin ansiedad desde hace semanas. “Estoy confiada en que las decisiones que tomamos son las mejores para nuestro futuro, pero eso no significa que hayan sido fáciles ni que me sienta bien con ellas”.
En un momento en que el periodismo independiente enfrenta presiones simultáneas desde el poder político y desde sus tradicionales fuentes de financiamiento, el caso de estas tres organizaciones funciona como barómetro. Si el periodismo de movimiento —que surgió precisamente para contar historias que los medios legacy ignoran— es estrangulado por falta de recursos, la pérdida no será solo de tres redacciones: será de una forma de hacer periodismo que durante años ofreció una de las pocas esperanzas de renovación ética y representativa en la industria.