El caso del WSJ y la IA: un “slippery slope” para las páginas de opinión
El uso de inteligencia artificial por Stanley Druckenmiller en un artículo del Wall Street Journal reavivó el debate sobre originalidad, transparencia y el rol de los editores en las columnas de opinión. Mientras Gigot defiende la práctica para colaboradores externos, expertos advierten que la IA aplana el pensamiento y devalúa el espacio.
El lunes, el Wall Street Journal publicó un artículo de opinión firmado por Stanley Druckenmiller, inversor billonario y mentor del secretario del Tesoro Scott Bessent. El texto criticaba el plan de recompra de bonos de Bessent, pero rápidamente los lectores en redes detectaron que parecía escrito por IA. Un detector como Pangram confirmó las sospechas y, al día siguiente, Druckenmiller admitió ante NOTUS: “Por supuesto que usé IA. No me avergüenza. Ahora escribo todo con IA, por la misma razón que uso una calculadora para hacer cuentas”.
El episodio, analizado en Columbia Journalism Review, pone en evidencia una tensión creciente en las redacciones: ¿dónde termina la asistencia y empieza la cesión de autoría? El editor de la página de opinión, Paul Gigot, defendió la publicación argumentando que la IA es “un hecho de la vida moderna” y que el texto reflejaba la opinión genuina de Druckenmiller, con quien el diario mantiene una relación de años. Sin embargo, esa postura contrasta con la política interna del Journal, que permite la IA solo en casos específicos como investigaciones con datos complejos, resúmenes o traducciones, siempre bajo criterios de originalidad, calidad y transparencia.
En el artículo no hubo mención alguna al uso de la herramienta. Gigot luego publicó su propia columna, donde criticó duramente a los periodistas que cubrieron el tema, llamándolos “éticos de internet”, “monitores de medios” y “fariseos”. Allí estableció una regla para la redacción: “Todo lo que escribimos mis colegas y yo debe ser trabajo original. No se permite que la IA redacte una columna o editorial”. Para colaboradores externos, en cambio, consideró que la cuestión es “más complicada”, ya que muchos no son escritores profesionales y a veces usan ghostwriters.
La comparación con los ghostwriters es tentadora pero engañosa. Un buen escritor fantasma no solo corrige gramática: desafía ideas, afina argumentos y aporta originalidad. La IA, en cambio, tiende a producir texto plano, genérico y “fungible”, como señaló el académico Michael Socolow, de la Universidad de Maine. Según Socolow, al convertir la sección de opinión en un producto industrial sin intervención humana significativa, el Journal está devaluando su propio espacio. Los lectores buscan precisamente el pensamiento idiosincrático que una LLM no puede replicar.
El caso ilustra lo que el título de la nota de CJR llama “slippery slope”: una pendiente resbaladiza. Si lo único que importa es que la opinión sea “genuina” y que el firmante tenga credibilidad, ¿por qué no reemplazar directamente el texto por una entrevista? La pregunta es válida y urgente, sobre todo en un momento en que las páginas de opinión siguen siendo uno de los pocos espacios donde el pensamiento público se debate con cierta profundidad.
El mismo texto de CJR, adaptado de Columbia Journalism Review y publicado el 28 de agosto de 2026, incluye otros ejemplos de periodismo sólido que contrastan con esta discusión. La investigación de Katie Worth y Jessica Meszaros sobre la censura de contenidos sobre cambio climático en los libros de texto de Florida revela cómo funcionarios estatales exigieron eliminar referencias al impacto humano, cambiar “cambio climático” por “cambios en el ambiente” y atenuar datos científicos. En un estado que sufre directamente las consecuencias del clima extremo, esa política deja a los estudiantes menos preparados para el futuro.
Otro caso destacado es el reportaje de Shannon Heffernan para The Marshall Project, WBEZ y Chicago Sun-Times sobre el Joliet Treatment Center en Illinois. Inaugurado con promesas de justicia restaurativa, el centro para presos con enfermedades mentales graves se convirtió en un lugar de desesperación extrema: más de setenta incendios en tres años, incluyendo casos donde los propios internos se prendieron fuego. La investigación reveló fallas graves en prevención, alarmas desactivadas, falta de rociadores y respuestas inadecuadas de los guardias. Estos trabajos recuerdan por qué el oficio importa: persistencia en pedidos de acceso a la información, seguimiento de datos que otros ignoran y la capacidad de sorprenderse ante horrores que, para el periodista veterano, pueden volverse rutina.
El debate sobre IA en la escritura periodística no se resolverá en una sola columna. Pero sí exige claridad editorial. Los lectores merecen saber cuándo un texto es sustancialmente generado por máquina. Los editores deben decidir si están dispuestos a defender la originalidad o si aceptan que las páginas de opinión se conviertan en un flujo indistinguible de prompts y respuestas. La pendiente es resbaladiza, y el primer paso ya fue dado.