
Esteban Ortíz
Después de las jornadas históricas vividas en la ciudad de Buenos Aires con motivo de los festejos del Bicentenario de la Revolución de Mayo, que tuvieron además la participación y el compromiso popular a lo largo y lo ancho de la República Argentina, los protagonistas de estos hechos y sobre todo los intelectuales, deben reflexionar sobre lo ocurrido.
Y este análisis debe contener opiniones profundas y fundadas, en lo posible con un oído en el pueblo, como aconsejaba el cura Angelelli en su prédica tercermundista, ya que es el camino válido para bucear sobre el destino del país y su gente.
De allí que llama la atención que hombres de la cultura de Córdoba como Omar Hefling en compañía de Walter Marengo, en el programa “Puerto Cañada” de Radio Nacional, se hayan referido a esos acontecimientos comentando la cantidad de personas que estuvieron más allá de las banderías políticas, acotando luego que como no se cobraba entrada para los espectáculos que se brindaron, el pueblo acudió masivamente, recomendando al Secretario de Cultura que tuviera en cuenta esta experiencia para su política futura.
La superficialidad de este abordaje de un hecho sin precedentes como el que se desarrolló en la ciudad de Buenos Aires entre el viernes 21-05 y el martes 25-5-2010, implica además una grave subestimación de la capacidad y conciencia del pueblo argentino.
Ello por cuanto no es cierto que los festejos estuvieron más allá de toda bandería, ya que efectivamente por una parte, se trató de concentraciones populares y masivas nunca vistas en el país, con un contenido nacional y latinoamericano, con la presencia de los presidentes de naciones hermanas y mensajes que aclaraban a cada momento las diferencias con el anterior centenario emitidos tanto por la Presidenta como en los recitales, proyecciones y representaciones artísticas.
Por la otra, quedó evidenciado como es tradicional en la historia política y social argentina, que el sector que concentra la derecha tradicional con los empresarios, políticos y curas a su servicio, se dio cita en otro lugar, el teatro Colón y la Catedral de Buenos Aires, y desde allí también dejaron explícito su mensaje: rescataron el centenario de 1910 como ejemplo y modelo a seguir, con la exclusión y la represión junto a la enorme desigualdad social y ausencia de democracia que lo caracterizó.
Pero lo más grave en estas miradas que no quieren mirar, es que tampoco escuchan lo que decía entre otros, una mujer de 60 años:”Este es el pueblo, no lo de anoche ¿me entendés lo que te digo?”, refiriéndose a la selecta velada del Teatro Colón, mientras hacía el aguante en Diagonal Norte esperando el desfile artístico –histórico, que por el contrario, no sólo que transmitió un claro mensaje antidictatorial, reivindicando las luchas de las madres, así como las de la patria toda incluida Malvinas, sino que contó con el seguimiento y la activa intervención popular.
Así estos intelectuales cordobeses quedaron a la derecha del diario La Voz del Interior, que en su edición del miércoles 26-5-2010 tuvo que admitir la impresionante participación y acompañamiento social al festejo popular (tapa y p.4).
1/06/2010
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El llanto emocionado de la Presidenta abrió el Paseo del Bicentenario. La Patria daba el presente y nadie quería faltar. Estaban todos los que tenían que estar. Ausentes o presentes, estaban allí. Con la música de los setenta, con Lito Nebbia, Fito Paez y León Gieco, la vida celebraba su victoria una vez más. Copani, el cantor de los pueblos, brillaba en la multitud. Desde un costado de la “9 de Julio”, más ancha que nunca, una mujer humilde pintada en canas me sonríe y me dice: “Yo sabía que un día íbamos a volver” Por el carril central desfilaban los Granaderos a Caballo de San Martín, el Regimiento de Patricios, los Gauchos de Güemes, el Ejército Popular de José Gervasio Artigas. Todos los soldados de la Patria. Los de antes y los de ahora. Y la mujer miraba, aplaudía y lloraba de emoción. “¡Viva la Patria, carajo!” me salió gritar. Y ella gritó conmigo. Sucede pocas veces en la historia de los pueblos. Y cuando ello ocurre, no hay tiempo que perder ni dudas que ofrecer. Hay que salir al galope a encontrarse con la historia; es decir, encontrarse con uno mismo. Es lo que viene ocurriendo desde el viernes en el Paseo del Bicentenario y en todas las Plazas y Paseos que a lo largo de la Patria celebran los doscientos años. Uno camina provincia por provincia y siente ese orgullo de pertenecer a una Nación que le zapatea un malambo en el centro del alma y se desborda en risas y abrazos con todos los que pasan por el mismo lugar. Pero, ay mi almita, cuando se llega hasta la Carpa mayor de las Madres de la Plaza. La veo a Hebe aliviando la fiebre de su hijo y su hijo tiene el rostro dolido de Castelli y de Paco Urondo y de todos los hijos y los padres primeros de la Revolución de Mayo. Sucede pocas veces esta emoción colectiva, masiva, explosiva, alegre, llorosa, alegre siempre. Dicen que las revoluciones se hacen con muchas y fundamentadas razones, pero si no está la pasión, no hay revolución posible. Es lo que está sucediendo en los días que corren. El Centenario de los Martínez de Hoz, Videla y Massera ha quedado atrás. La historia quiso sentarlos en el banquillo de la justicia y allí deberán rendir cuentas ante la verdad y la memoria. Los ciudadanos presentes en el Paseo del Bicentenario son una metáfora viva de esta Argentina de la Victoria. Hay abuelos de la Resistencia. Hay padres de los años setenta. Hay hijos de antes, durante y después de la dictadura. Es la Patria en su reencuentro final y definitivo. Conmueven las mujeres con sus hijos. Conmueven nuestros queridos viejos. Conmueve el aire que se respira. Es la Patria que llevamos adentro y que esta vez canta con San Martín: “Seamos libres y lo demás no importa nada” Dijimos antes que esta Argentina de hoy se parece mucho más a lo que fuimos en 1810 que a 1910. Con sus conquistas sociales. Con asignaturas pendientes. Con dolores y heridas. Con errores y virtudes. Pero la Patria sabe que reencontró la huella cuando Néstor Kirchner descolgó los cuadros de los genocidas y Cristina decidió la Asignatura Universal por Hijo. Afuera el mundo tiembla. Está de incendio. Está cambiando, aunque no todos sepan lo que sucede. El conquistador, conquista agrediendo. Y luego cae en el olvido. El conquistado, se defiende desde el cadalso. Y vive para siempre en la memoria de los pueblos. Allí desfilan Moreno y Belgrano junto a Castelli, Monteagudo y San Martín. Al frente va Tupac Amaru. Y todos los pueblos originarios. Y los cabecitas negras vuelven a mojar las patas en la Plaza. Y los inmigrantes bajan de los barcos y siembran todo lo que somos en este siglo 21. Pasan las colectividades y las provincianías. Todo sabe a Fiesta de la Patria. A chamamé, chacarera y milonga surera. No falta nadie. Una bandera que no termina nunca, abraza a todos. Y miles de pibes parecen acunarla en un regazo de pibes. Miro hacia arriba y compruebo que era cierto: Evita nos tira un beso y otro y otro. Y los treinta mil se sacuden el barro y las algas y los peces y nos abrazan y nos abrazan y nos abrazan.
me llegó vía email y es bueno pensarlo: ¿Le faltó algo al bicentenario? ¿Le faltó algo a la fastuosa celebración del Bicentenario en Buenos Aires? No mucho. En la parafernalia de los espectáculos, solo faltó mostrar el campo. Poca cosa. Es apenas nuestra historia, nuestro presente y futuro. Desfilaron, colgando de andamios, los pretendidos íconos de la industria nacional: las heladeras Siam, el sedán Di Tella, que en la imaginación de los guionistas del espectáculo representan el embrión del desarrollo nacional. Cien años antes de la aparición de las heladeras, la técnica del frío se instaló en la Patria para apuntalar su primer negocio histórico. Fue cuando recaló aquí “Le Frigorifique”, el primer buque frigorífico, que habilitó la posibilidad de llegar a Inglaterra con carne fresca. Abrió el primer negocio histórico para el país naciente, que se organizaba desde la Constitución Nacional para explotarlo. Las vacas estaban. Se le habían escapado a los Adelantados, y se reprodujeron alborozadamente, al amparo de los pajonales de las pampas. Pero sin frigoríficos, el negocio se limitaba al saladero, para producir charqui o tasajo, carnes de baja calidad para esclavos del Caribe. Vacas cimarronas que no servían para otra cosa. Llegó la tecnología. Los frigoríficos, monstruosas inversiones en los puertos de Ensenada, sobre el Riachuelo, en Rosario, o el mítico Liebig sobre el río Uruguay, construido a fines del siglo XIX por obreros y artesanos que llegaban en botes porque no había caminos. Organizamos las estancias. “Alambren, no sean bárbaros”, gritó Sarmiento. Si alambrábamos, las vacas ya no podían ir a tomar agua al arroyo. Entonces pusimos los molinos y los tanques y los bebederos. Pero eran las mismas vacas cimarronas y los mismos pajonales. Los ingleses querían carne “posta”. Entonces trajimos a Tarquino, Virtuoso y Niágara. Los toros fundadores perpetuados en la botella de whisky nacional. Mestizamos millones de vacas criollas. Ahora había que darles de comer, para que expresaran su potencial. Alguien tenía que sembrar la alfalfa. Trajimos a los gringos, de Italia, de España, de Suiza, de Alemania, de Dinamarca, de Rusia, de Irlanda. Los gauchos judíos de Entre Ríos, Santa Fe, la Colonia Hirsch de Carlos Casares, que tanto talento le dio al país. Para implantar la alfalfa, había que refinar la tierra. Con trigo, maíz, cebada, lino, girasol. Como subproducto del objetivo ganadero, fuimos sin buscarlo el granero del mundo. Y la agroindustria ya acompañaba. Ahí están, testimonios vivos, las fachadas de los molinos de antaño, como el que Faena tiene en Puerto Madero. O la maltería Hudson al lado del country Abril. También están las huellas del ferrocarril, que sobrevive a pesar de nuestras barrabasadas. Industria y servicios paridos por la ganadería y los granos. En el interior, nacían las fábricas de maquinaria. Mainero en Bell Ville tiene casi 80 años. En Sunchales, la cosechadora que diseñó Domingo Rotania (reconstruída hace pocos años a iniciativa del colega Danilo Gallay, que gestionó el aporte del alemán Helmuth Claas, líder mundial en el rubro) engalana la entrada al pueblo. Fue la primera patente mundial de cosechadora automotriz, por 1930. Y no estaba solo en el mercado de corta y trilla: cuando llegan los tiempos del fomento a la industria, en cada pueblo santafesino ya existía una fábrica. Roma nació con un arado. La agricultura funda ciudades, porque el arado estaba antes que la ciudad que hoy simboliza la cultura. Cultura es, primero, entender que venimos de la agricultura. En especial los argentinos, que además vivimos de ella. Ni una referencia, salvo algunos compases de chacarera del Chaqueño y la Sole, que sacudieron a la multitud revelando que nuestro origen sigue vibrando en el cuerpo social de la Patria. Soledad viene de la capital de la soja. El yuyo que tampoco fue invitado al desfile y que sin embargo pagó la fiesta.
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