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Opinión

Peligro tolerado /

Peligro tolerado

Cuando una estructura funciona mal, sigue mal y nadie hace nada al respecto, se puede hablar de estructura corrupta: "Las cosas se desvirtúan, se corrompen: el juez no juzga, el médico no cura, el maestro no enseña. La cosa creada no cumple su función: está corrupta", señala el periodista ciudadano en referencia a la tragedia en la Universidad de Río Cuarto. "Cuando el peligro es grande o la ocasión urgente, avisar no es suficiente, habrá que denunciar sin dilación", señala.


Ernesto Guillermo Abril.

Visto lo ocurrido en la Universidad Nacional de Río Cuarto (UNRC) y los antecedentes conocidos y no conocidos de casos similares, hayan o no sucedido finalmente, como dice el Prof. Leonardo Galetto en su comentario (¿Por qué miramos para otro lado?), habrá que recurrir a la humildad y aprender a pedir perdón, reconocer que esto nos toca a todos y que también a todos nos cabe una cuota-parte de responsabilidad.


Es que también todos nos hemos ido acostumbrando a vivir en condiciones inadecuadas, tolerando y así avalando lo que pasa y cómo pasa. Oportuna reflexión que nos cabe a todos.

Las cosas seguiran su camino en cuanto a lo médico (hoy falleció una tercera víctima y hay muchos aún muy graves), en lo legal (el análisis de responsabilidades) y, lo más duro, en lo personal, ya que los sobrevivientes y los deudos de las víctimas, deberán sobrellevar un duro futuro a tan tremendo suceso.

Quienes sin estar ajenos a tanto espanto nos encontramos, por decirlo de algún modo, periféricos al mismo, podríamos ir descubriendo que algo tenemos que ver con estas cosas, como lo decía el profesor Galetto.

Y es que aceptar que las cosas que están mal sigan así, sin intentar mejorarlas, lleva a concesiones graduales y acumulativas, tan ridículas como las que el profesor plantea, conduciéndonos finalmente a convivir con el peligro.

Acostumbrados a tenerlo como compañía, no sólo somos complacientes con la estructura que lo provoca, o que nos somete a él, sino que tenemos una especie de licencia para aceptarlo y sortearlo día a día, sabiendo que hemos de hacerlo y que no hay más remedio que aceptarlo porque de otro modo las cosas no funcionan. La tan usada figura de tomar el colectivo corriendo y terminar viajando colgado no es algo que no le haya sucedido a alguien alguna vez… Es que si no lo tomás en esas condiciones ¿cómo llegás a tiempo al trabajo? ¿hay elección?. “Es lo que hay, dirían algunos”.
Todo tiene un riesgo, pero no es lo mismo hablar de riesgo que de peligro.

Educar es también fortalecer la inteligencia brindando parámetros útiles para poder distinguir, separar, valorar y elegir. ¿Qué pasa entonces cuando estas cosas ocurren nada menos que en la tripa de la Universidad, donde se supone se encuentra el conocimiento, el lugar desde donde se ensaya y se perfecciona el pensamiento hacia el logro del progreso, de la excelencia, de la perfección?

En toda estructura organizada hay niveles jerárquicos a los que acompañan niveles de responsabilidad. De acuerdo con el incumplimiento de esas responsabilidades, se distribuyen las culpas cuando ocurre el horror.

Más allá de que el sistema está funcionando así y que es un tanto difícil distinguir ya cuáles son los niveles de riesgo existentes en el ámbito de cada uno, hay que reconocer que ese riesgo existe y que puede tomar cariz de peligro ante determinadas circunstancias.

Dolidos por lo que pasó y conscientes de que es imposible reformar todo en un segundo, sería bueno comenzar a explorar y cultivar conductas individuales nuevas, de a poco, pero inmediatamente, y aún en lo menor, y asumir el mando en lo pequeño que nos toque, pero apropiarnos, decidida y definitivamente de esa jurisdicción y liberarla de riesgos.

Es difícil tomar conciencia, y ya lo dice desde los distintos ángulos de la vida la sociedad misma: “hasta que no le pase a uno…”, “… hoy están golpeando a mi puerta”. Terribles frases que sólo advierte como tales aquél a quien “le pasó” o aquél a quién “le están golpeando la puerta”.

En este sentido, despertar a veces lleva finalmente a desear huir, ante la monumental tarea de la recontrucción de las estructuras acostumbradas a lo inseguro, a la mentira, a lo ilegal, al delito. Como se advierte, se trata de un problema estructural, y de un problema serio, porque pone en juego la vida de muchos (con la injusticia y la ilegalidad) y en no pocas ocasiones lleva directamente a la muerte, con la inseguridad, como en este caso.

Cuando las estructuras se toleran así desde la autoridad se las convalida y así aparece el término “corrupto”. Cuando una estructura funciona mal y sigue mal y nadie hace nada al respecto, se puede hablar de estructuras corruptas: cuando el juez no está dentro de una estructura que le permite hacer cumplir la ley, cuando el médico no puede curar, cuando el maestro está inmerso en un aparato en el cual no puede enseñar. Las cosas se desvirtúan, se corrompen: el juez no juzga, el médico no cura, el maestro no enseña. La cosa creada no cumple su función: está corrupta.

Es importante que nos demos cuenta, quienes nos hemos dado ya cuenta de esto, de que se trata de una cuestión con profundas raíces en la educación. Por lo tanto, allí precisamente debería buscarse la solución.

Pero sucede que nosotros somos… educadores.

¿Qué papel nos toca a nosotros desempeñar?

En este sentido, la vocación no nos habla ya al oído: hoy grita a nuestras conciencias que nuestra función aquí es protagónica y que comienza simple y llanamente en el testimonio personal.

Las palabras pueden convencer, pero el testimonio arrastra. Una actitud equilibrada sería estar alerta y permenentemente avisar. No obstante, cuando el peligro es grande o la ocasión urgente, avisar no es suficiente, habrá que denunciar, y habrá que hacerlo ante quien corresponde y de la manera que corresponde, pero hacerlo sin dilación. Una diferencia: el docente no debe buscar culpables, debe buscar que las cosas no ocurran. Cuando hay culpables, ya es tarde.

Quienes no estemos en tales situaciones extremas o quienes aún no nos hemos sensibilizado a advertirlas porque estamos precisamente acostumbrados a vivir a su lado, tenemos una misión importantísima, ya que lo pequeño que detectemos puede ser el simple gatillo de algo terrible.

Una actitud sincera de aportar incansablemente a que las cosas se hagan como se deben hacer puede ser el principio de disminuir la pendiente de una curva tan temida que lleva al vacío.

Pero, como docentes, siempre debemos insistir en que se trata de una actitud individual irrenunciable y urgente, de todos los días, que no tiene que depender de lo que haga o deje de hacer el otro y que debe comenzar pensando en los que sufren o pueden llegar a sufrir, aunque no sepan que se encuentran inmersos en un peligro tolerado.

13/12/07


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Selva

Este articulo hace reflexionar no solo a quienes cumplen el IMPORTANTISIMO rol docente, tambien a los ciudadanos en general que por COMODIDAD, por AMIGUIMISMO en suma por COMPLICIDAD hemos PERMITIDO la paulatina degradacion de TODO...¿sera posible que tengan que ocurrir acontecimientos TERRIBLES para que nos caiga la ficha?.




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