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Opinión

Las cosas no pasan hasta que pasan /

Las cosas no pasan hasta que pasan

"Mientras no sucede nada, todo sigue atado con los alambres de la negligencia. Agarrado con débiles alfileres que aguantan el peso de la improvisación. El que tiene que controlar no controla; el que tiene que ordenar no ordena, el que tiene que sancionar no sanciona. Todos hacen la vista gorda, todos colaboran con el descuido propuesto. Si nunca pasa nada, hasta que pasa", reflexiona el periodista ciudadano frente a una cantidad de hechos ocurridos en el sur de la ciudad.

Martín Menditto

Un adolescente solidario se muere electrocutado al agarrarse de un canasto para la basura que recibía ilegalmente energía de un cartel publicitario. Apenas cuatro años tenía Elliot cuando cayó por el hueco de un tobogán en mal estado,  quedándole uno de los brazos casi inutilizable para el resto de su vida. Hay discapacitados que transitan por la cinta asfáltica ya que en su barrio no hay veredas. Como una cicatriz, las vías cruzan parte de la zona sur sin barreras que alerten sobre el paso del tren. Los automovilistas, muchas veces chocando entre ellos, buscan la salida a ese laberinto de rotondas sin señalizaciones que es la calle Calmayo, deformada por antojo de un hipermercado francés. Los vecinos acostumbran su vista y su miedo para poder andar en calles oscuras, huérfanas de alumbrado público. Un bache tan grande como asesino manda al hospital los huesos de un motociclista que no supo esquivarlo. Con desidia, una empresa de seguridad cuelga los ganchos, conectando un cable electrificado al poste nomenclador de la calle, la denuncia duerme en EPEC un mes, dos meses, quizás pronto digamos un año, dos o tres. Todo esto se da en un radio no mayor a veinte cuadras, en el sur de una ciudad demasiado abandonada a su suerte.

Las cosas no pasan hasta que pasan. Mientras no sucede nada, todo sigue atado con los  alambres de la negligencia. Agarrado con débiles alfileres, que aguantan todo el peso de tanta improvisación. El que tiene que controlar no controla; el que tiene que ordenar no ordena, el que tiene que sancionar no sanciona. Todos hacen la vista gorda, todos colaboran con el descuido propuesto. Dale que va, si nunca pasa nada… hasta que pasa, entonces la tragedia pesada y oscura destapa malolientes pozos de corrupción, o de inacción. Todos los que no hicieron, quieren hacer de golpe las tareas que eran para ayer, cuando la fatalidad era una posibilidad y no una realidad sin remedio.

Entonces por hacer de apuro lo que no se hizo cuando había tiempo, más alfileres enganchan decisiones poco pensadas, estructuras provisorias que a la larga se hacen para siempre. Los voceros hablan, los comunicados de prensa se suceden a la orden del día. Eso sí, la culpa siempre es de otro.

Y el otro dirá que el responsable es un fulano de más arriba, así hasta llegar a pantanos conceptuales como “la culpa es de la corrupción estructural”, o “esto pasa por la burocracia institucional”, que es como decir la culpa es de todos pero no va preso nadie, ¿Qué cara tiene la corrupción institucional, donde vive? ¿cuántos años de cárcel le van a dar a la burocracia institucional, qué numero tiene su DNI?

Así, la gente se muere de muertes tontas, absurdas, evitables. A los parientes les queda el dolor para siempre. A las instituciones un remordimiento momentáneo que se lo sacuden cuando la tragedia deja de ser noticia.

6/4/2010


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Anita R.

Se denomina MM: ¡ESTADO AUSENTE! (y los vivos que viven a costa de los contribuyentes: ¡presente!). Insisto (perdón por invocarlo), ¡LA HORA DEL ESCARMIENTO POPULAR! ¿vendrá algún día? (bueno, es cuestión de no ser un plan descansar....).




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