
Ernesto Guillermo Abril.
“Antes de poner la lengua en movimiento, pon la cabeza en funcionamiento”, sentenciaba la abuela.
Ciertamente, hay veces en las que uno se pregunta si el otro está verdaderamente pensando en lo que dice. No por ser ignorante de ciencia se es imprudente, por el contrario, quienes nos sabemos en falta o en desconocimiento de algo, relegamos nuestra opinión y quedamos a la expectativa de las cosas, hasta lograr disponer de ese hilo conductor maravilloso que nos hace notar por dónde pasa la cosa y comenzamos a darnos cuenta, a comprender y a conocer… que son los caminos para dejar atrás la ignorancia.
En ocasiones, somos orgullosos y ese recurso es una estrategia para no quedar mal, y no es ilícito, pero muy dentro nuestro sabemos de la satisfacción enorme que causa hablar de lo que se conoce y, entonces, lograr con nuestro interlocutor dar juntos un paso más hacia el conocimiento de la verdad.
Cultivar un prudente silencio nos permite, entre otras cosas, escuchar, que también es un buen camino para conocer, para saber, para formar criterio, para lograr subir al escalón siguiente que es algo que a veces no nos tomamos el tiempo para hacer: pensar.
“Pienso”, decía mi viejo cuando le preguntaba sobre qué hacía, al encontrarlo con la mirada perdida y los ojos con ese brillo previo a la sonrisa.
La memoria guarda infinidad de tesoros que diferentes hechos icónicos de la vida nos recuerdan a menudo.
“Me acuerdo de cosas”, decía mi abuelo cuando lo interrogaba curioso, al verlo con la mirada iluminada hacia los árboles y las nubes. Y él sí sonreía.
Y cuánto tiempo nos falta para acordarnos de cosas, para saborearlas de nuevo y enriquecer el espíritu con oxígeno del bueno. Es que, sin querer, nos estamos perdiendo mucho. La vida pasa, se nos pasa a veces.
Es que este afán de correrle carreras al viento nos hace que llegue tan rápido el cambio en el color de nuestro pelo, la tersura de las manos, la buena vista, la pérdida de la memoria cercana y, lo que es peor, ir olvidando lo que es sentir con fuego y entusiasmo en el pecho, con ellos solíamos salir a menudo a la calle.
Buen ejercicio este de darle una oportunidad al pensamiento y al recuerdo. El descanso de la palabra, poder llegar a escuchar nuestra respiración y hasta casi el palpitar del corazón nos puede deparar una sorpresa.
Hasta a veces llegamos a descubrir y tomar conciencia de que estamos vivos.Y es gran cosa darse cuenta que uno está vivo. Una gran cosa. Hasta podría asegurarse que en esos momentos tenemos ganas de vivir.
¡Y qué deseos de compartir cuando uno siente que le corre algo por las venas!
Tal vez entonces, luego de esos tiempos de quietud buscado, consciente, compartir se pueda traducir en decires, en nuevas expresiones, en sonidos genuinos, nacidos en la honestidad de un corazón que ha experimentado el silencio, el pensamiento y el recuerdo. Y que se revela en pocas pero ricas palabras.
Nosotros, los maestros, no podemos cometer la torpeza de confundir lo urgente con lo importante.
No podemos entonces permitirnos faltar al testimonio necesario para nuestros alumnos de degustar el que llaman silencio activo, aquél que está irrigado por el pensamiento.
Si la Universidad es el espacio para el pensamiento y para la discusión de las ideas, la sana discusión, no podemos saltear una etapa y pasar al discurso previo a la respuesta sin antes habitar los espacios de la meditación y del pensamiento sobre las cosas.
Se dice que la ancianidad es el refugio de la sabiduría. Si es así, en ese sentido, la docencia debería ser algo así como un anticipo de la ancianidad, al menos un vehículo para llevar esas riquezas hacia el alumno y transmitirlas con las virtudes envidiables de los viejos, a través de actitudes inspiradoras de calma, sosiego, contemplación y paz interior.
Es claro que la velocidad de las cosas conspira contra estos tesoros, pero estamos en una condición que nos lleva irrenunciablemente a elegir. No podemos ser maestros inmersos en la velocidad de lo urgente, metidos en la vorágine del mundo. Seguramente lo importante pasará de largo sin que lo notemos.
Mostrar la riqueza de la palabra, como fruto final del pensamiento, de la inteligencia honesta, es una de nuestras tareas indelegables. Sólo así podremos llevar adecuadamente a la gente la realidad de las grandes cosas de la vida sobre las cuales tenemos que enseñar.
La Universidad es nuestra gran responsabilidad pero el cimiento de la cosa está en la primaria, donde hay que afirmar la inocencia y el entusiasmo por la verdad, y en el secundario, donde hay que plasmarla en inteligencia sana y en convicciones que serán la fuerza para defenderla.
Como maestro, me he encontrado con hijos de otros que parecen nunca haber escuchado lo que les digo. Sin embargo, estoy seguro de que esos mismos chicos se han detenido más bien poco en la riqueza de las palabras de sus padres.
12/11/07
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