
Mónica Beatriz Gervasoni (Buenos Aires).
Aún no hay línea directa con el cielo. Y la luz de la que tanto supiste, aquella que avisa en la radio: “estamos en el aire”. La misma que ya adivinabas a los lejos, esa, la que advierte para neófitos, distraídos y aunque avezados: en este canal estamos grabando. O la de: silencio, estamos en vivo.
Las voces en off del programa o del teatro. Todas esas manifestaciones, códigos y guiños tácitos que comunican a los del bando mediático y metafóricamente hablando, también de alguna forma, a todos los demás, se encienden y se apagan como siempre en muchos momentos y todos los días.
Pero vos, maestro, gigante de corazón y con todo respeto, señor petiso lindo, estás detrás de otras cámaras que ya no son las nuestras. En la producción, en un detrás de unas bambalinas que ya no son las de este teatro. Aventuro que tal vez, fiel a tu esencia, rebelde, espias detrás de las nubes. No creo que te conformes perdiéndotela, justo vos. Seguro que te salís de la vaina por revolear desde allá algún bocadillo oportuno, sagaz y preciso. Mientras que, seguramente, ocupas tu silla en algún bar encendido de polémicas, que no debe faltar por allá arriba. No obstante, en un acto de insurrección , me sublevo y no creo que la muerte, tan pilla ella, tenga la última palabra.
Entonces, ¿por que no contarte lo que se me atragantó?: decirte, por ejemplo, gracias porque confieso que he reído. Gracias, por que he explotado en una carcajada, porque lo único que me hizo llorar de vos fue tu partida. Gracias porque te hiciste cargo y nos hiciste cargo de la alquimia de la idiosincrasia porteña y argentina, esa extraña mezcla de la Biblia y el calefón que reza el tango y vos lo hiciste programa. Gracias por la atracción mental con la que hechizaste a todos. Porque no pudiste con tu genio y de la comedia también hiciste un club y hasta te metiste con las chabonas y mira que había que meterse, eh…
Que no dejaste afuera a los más chicos por su condición de chicos. Que festejabas como loco los goles y más enfervorizado, todavía, si los partidos eran mixtos. Porque el canal, el teatro, la sala de redacción, todo podía ser una cancha y cada éxito un gol. Porque tus noticias me enseñaron a ser un poquito más rebelde, preferentemente con causa, cada día. Tanto como para saber lo que la muerte, tan envidiosa ella, no pudo llevarse. La sapiencia de saberte tan agarrado de la vida y tan generoso para con tú prójimo que a todos dejaste herencia, sumado al legado que a diario repartías. Había que lograr que muchos se despabilen a la mañana con una sonrisa. Para hacer algo más que conmovernos como nos conmovimos con la noticia más rebelde que escuchamos y que jamás hubiéramos querido escuchar. La pérdida de tu última apuesta. Puedo y podemos elegir ser alumnos y alumnas autodidactas, elegirte profesor ad honorem de esta vida y aprender de todos tus dones.
Hombre de bien. Amante y amado esposo. Amoroso padre. Querido compañero. Irremplazable amigo. Respetado por todos. Aprender, aunque seamos a veces un poco burros, de lo que el enseñaba con el solo hecho de existir: poner el alma en cada causa. Practicar, hasta que salga, su odio a las medias tintas. Jugarnos por la intensidad y luchar a brazo partido contra su peor enemigo: la indiferencia. Ser cultor acérrimo de las ceremonias afectivas. Descorchar buenas ondas y al mal tiempo buena cara. Ante los papelones, revolear la dignidad de Pato Donald que supimos conseguir y reírnos de nosotros mismos. Sacarle la lengua a la muerte y firme en el recuerdo mostrarle que el diálogo con su audiencia lejos de interrumpirse, simplemente busca otros canales. Que contra viento y marea, todos buscaremos la excusa de tenerte presente para esgrimirle una sonrisa como santo y seña a cada mañana. Y como punto final de este borrador de carta, antes de que te horrorices con sus errores quiero decirte Maestro, estoy segura que la vida esta diciéndote, Gracias por venir.
16/03/08
Recomendar esta notaGuinzburg es de esos tipos irremplazables, puede ser que haya periodistas mejores y humoristas mas talentosos, pero la combinación que Jorge hacía constantemente del periodismo y el humor lo convertían en un personaje único en su genero; de esos a los que se les va a buscar reemplazantes por largo rato y no van a aparecer simplemente porque este tipo era un distinto, así como no aparecieeron nuevos Olmedos, ni nuevos Goyeneche los estilos de estos son personalísimos y cualquiera que intente hacer algo parecido va a sonar a copia. Gracias Guinzburg por todas la risas, y mandale saludos nuestros a ese otro grande que fue Adolfo Castello, tu gran amigo.
No se.. me gustaba Guinzburg en alguo de sus roles y comparto bastante lo que indica Martín. Sin embargo, no me parece genial un tipo que de modo recurrente hacía chistes faciles sobre los homosexuales, se reia en la cara de alguna tilinga... reconozco si, su enorme sentdo comun, (algo de lo que carecen en el ambiente artístico) que quedó demostrado a lo largo de las varias entrevistas que repasan por estos días en la tv.
jorge era un grande!!!!!
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