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Soy tu fan, una crónica urbana /

Soy tu fan, una crónica urbana

¿Qué sucede si transitás distraído por la calle y de repente el "milagro" acontece? Bueno, no será tanto como un milagro, pero sí uno de esos hechos inesperados que generan enorme alegría: robarle un beso a tu "ídolo".

Mónica Beatriz Gervasoni (Buenos Aires).

¡Ay, me muero!, exclamó mi amiga, en un gozo que tardé unos segundos en percatarme de lo que estaba ocurriendo. En fracciones de segundos, veía cara a cara a su ídolo: de frente y a un palmo a su elogiado y ponderado, Fito Paez.

Mientras ella se quedaba petrificada y muda de admiración, eso sí, con una sonrisa de oreja a oreja, él le tomó el rostro con ambas manos y le dio un beso, pidiéndole, ay, no te mueras y se alejó riéndose.

Cuando sus 22 años, la mitad de ellos de fan, pudo reaccionar, juró no lavarse la cara por un tiempo prudencial para guardar ese beso, lo más posible. Aunque ya sería imborrable en lo más hondo de su corazón.

No importa que él no sepa que ella conoce de memoria sus canciones, que las canta, las deletrea, las paladea, las disfruta. No importa que él desconozca que ella, tiene como canción de cabecera esa que dice que él tenía 11 y ella 6 y en el baño sellaron su amor, en puntas de pie y con un beso.

Si ella, yo, y todos los que la conocemos, lo sabemos. Como también sabemos que en ese segundo, su ídolo, la hizo feliz, como nunca y más que siempre. Ella, esta fanática en cuestión, nunca fue a un recital. Así que, así de lejos nomás, con la prudencia de la distancia, lo admiraba.

El le regaló un beso, que ella por respeto no hubiera arrebatado en la vorágine de ningún espectáculo con todos alborotados por el fervor contagioso de buenas y sentidas canciones. El le hizo el delicioso presente de unas palabras y una sonrisa, espontáneas, surgidas así de repente en medio de la vorágine y los apurados vaivenes cotidianos.

Veníamos departiendo sobre las delicias de la vida conyugal de ella y algunas de sus consecuencias, y ambas tratando de compaginar una agenda cuyos tiempos parecían inverosímilmente escuetos para cumplir con todo, cuando el milagro imposible de imaginar, aconteció. En medio de la muchedumbre un señor Rodolfo. Un Fito Paez, humano de carne y hueso le dedicó de manera exclusiva y preciosa unos segundos de su tiempo. Gracias Señor Fito Paez. Si la felicidad es la suma de la sucesión de momentos felices, sepa que ha otorgado uno a alguien anónimo pero que lo ha admirado desde siempre. Y gracias, porque no hay nada más lindo que descubrir la coherencia entre lo que se es y el camino elegido como artista que se vislumbra en las canciones y en sus creaciones.

Morochaurbana_67@hotmail.com

21/03/08

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