Le pide al conductor de Show Match que pase por el club a dejar su carnet de "socio famoso". Nuestro periodista ciudadano, dolorido por la aplastante derrota sufrida el domingo ante los boquenses, nos escribió desde Buenos Aires para decir que Marcelo Hugo ha "vendido" su sentimiento y le ha fallado a la alma azulgrana.
Leonardo Ferraro (desde Buenos Aires).
Quisiera comenzar este mensaje, con la mano en el corazón por tanto dolor del fin de semana pasado. Como hincha de San Lorenzo estoy dolido por semejante derrota ante nuestro hijo. Por más que haya goleadas de por medio, y en este caso doloroso para nosotros los cuervos, hay que felicitarlos por tanta efectividad. Pero estas líneas no son para ellos (los “bosteros”) sino para alguien que se dice hincha fana del Ciclón.
Ese hombre (que no voy a agredirlo, sino a preguntarle el por qué). Que tiene radio y televisión encima, y sabe del dolor que muchas veces causa con sus chistes o notas, no sabe lo que generó en el mundo sanlorencista.
Después de un fin de semana futbolístico desastroso e histórico, a este señor le importa más el raiting que el dolor de mucha gente.
A veces, aunque el ser humano diga lo contrario, los billetes tiran más que el sentimiento. Un sentimiento, que él mismo (Tinelli), experimentó, en la misma cancha cada vez que fue a ver a su “amor azulgrana”.
Si pudiese preguntárselo en la cara lo haría, pero los artistas a veces no la dan. Tinelli ¿por qué le fallas a tanta gente con la azulgrana puesta? ¿Por qué te importó el lunes más el dinero de Boca? Si pudiera leer esta nota, debería responderlo a la vista de todos.
No soy el único que se pregunta esto; hay mucha gente, y de otros equipos también.
Es una lástima, por eso me gustaría que pases por el club de tus amores y entregues el carnet del “socio famoso”, porque lo que menos quieren los sanlorencistas es tener representantes que vendan los sentimientos. ¿Acaso el “Cabezón” Ruggeri (técnico del equipo) tendrá razón? Realmente me da mucha pena
30/08/06
La bronca de un hincha por los goles invisibles de River
Esteban fue a la cancha a ver a River. Llegó con el entusiasmo propio de quien puede ver al equipo de su vida sólo una vez al año. Estuvo a cinco minutos de irse como llegó, pero ya saben cómo terminó la historia. Un tal Arriola selló el empate y sembró la amargura en el corazón de nuestro periodista ciudadano y de todos los hinchas millonarios, que ahora esperan desquitarse el domingo, con Boca.
Esteban D´Amato.
El reloj marca las 5 de la tarde. Las paradas de colectivos están desbordadas. Los rostros son de alegría. De ansiedad. La gran mayoría –me incluyo- no ve la hora de transitar lo más rápido posible el largo trayecto que va del centro al Estadio Córdoba. Uno espera toda la semana este momento. Lee diarios y revistas, mirás los programas de televisión, escuchas los de radio; en fin, son meras excusas para disimular la ansiedad por la espera. Por eso cuando el momento llega, sos puro entusiasmo, corazón.
Veo banderas y camisetas con el rojo y blanco del “glorioso River Plate” y ese celeste furioso, bien cordobés, con sabor a peperina y mate amargo de una tarde de domingo cualquiera en barrio Alberdi. La mayoría canta y salta, otros se muerden las uñas, otros –más coquetos- se acomodan la camiseta, la pulserita, el collarcito, el pañuelito de la cabeza; otros bromean con los amigos sobre algunos jugadores, hacen cálculos, proyectan jugadas y goles, se muestran resultadistas. La ansiedad los vuelve dialoguistas, intimistas, todos tienen algo para decir, y así suben al colectivo.
Pienso: “Somos argentinos, no hay dudas”. Debe haber pocos lugares en el mundo donde las paredes de los coches sirven de instrumento para marcar el ritmo de los cánticos. Los inspectores hacen lo imposible para mantener la armonía en ese cubículo rectangular que se balancea de un lado a otro, y que cuando dobla, te deja el corazón en la boca porque parece que en cualquier momento va a quedar acostado en el asfalto. No hay amortiguadores que soporten tanta pasión.
No hay mujer, tampoco, que resultara inmune a los ingeniosos piropos –por decirlo en forma elegante- de los hinchas. El más sutil era el clásico: “¡Mamita...!”, o el conocido “¡Perra...!”
Llegamos al estadio. Mucha gente todavía en los alrededores, pese a que faltaba muy poco para el comienzo del partido. Pero siempre hay tiempo para un choripán bien cargado con repollo, zanahoria, cebollitas, pimientos, chimichurri, mayonesa, mostaza; en fin, una buena bomba de tiempo para aliviar el hambre de la tarde. Otros, en cambio, prefieren un souvenir: un gorro, una bandera, una remera.
La tarde estaba ideal. Aunque más adelante el cielo se cubriría y los refucilos harían lo suyo.
El ingreso de los equipos a la cancha fue realmente conmovedor. Diría Monumental, pero estamos en Córdoba. El tono celeste predominaba en un setenta por ciento, ya que toda la platea descubierta fue destinada a los hinchas de Belgrano. Algo poco habitual. Pero nosotros nos hicimos escuchar, y mucho. El sector de la platea cubierta destinada a los hinchas de River estaba completo. Lo mismo la popular. El estadio era un celular: vibraba, cuando la pelota empezó a circular.
El grueso de la barra brava de Belgrano llego al inicio del partido, enarbolando un mundo de banderas; a los “Borrachos del Tablón”, no los vi. “No vinieron”, comentaban en la tribuna. Los muchachos siempre generan curiosidad. Y en algunos, idolatría.
“¡Uuhhhh!!!”, dijimos ante un remate de Belluschi que Montoya sacó al córner. Luego, ese “uhhh” se transformaría en abrazo fundido, en felicidad, cuando el árbitro decretó penal en momentos en que Falcao se iba al gol. Iban 20 minutos. Gallardo se para, se acomoda, muchos al lado mío se persignan, se tapan los ojos a medias, otro abraza a la novia. Hay un silencio expectante. “No se hagan problema”, comenta uno, canchero. “Es gol”, dice. Y todos estallamos en el preciso momento que la pelota estalla en el ángulo superior izquierdo del arco. Gallardo sabe de estas cosas.
Fue el gol que abrió el partido para River, porque desde ese momento, dominamos el partido a voluntad. Era todo nuestro. Con decir, que a Carrizo, el arquero millonario, faltaba que algún fotógrafo le prestara el banquito porque parecía un espectador más. No participaba del juego.
Encima a Belgrano le echan a Serrizuela a los 32 minutos del comienzo. “¡Chau, chau, chauuu!!”, saludaban con sorna, los hinchas millonarios al jugador celeste.
El segundo tiempo fue menos emociante, mal jugado, pero la entrada del “Burrito” Ortega nos ilusionó a todos. Porque faltaba definición, faltaba el toque final para un River convertido en absoluto dominador. “No puede ser que erremos tantos goles”, era la queja de los hinchas, cuando lo veían al “Pipita” Higuaín desaprovechar los mano a mano con Montoya. El arquero celeste era un demonio. Pero también los delanteros de River. Fue el momento en que el fantasma del empate sobre la hora de Colón, del domingo pasado, se instaló en la tribuna. El partido estaba abierto.
Y llegó. Centro al área de River, un jugador de Belgrano que se eleva increíblemente solo, y sella el empate. Arriola, a los 40 minutos. Estallan las tres cuartas partes del estadio, mientras yo me quiero matar, como todos los hinchas que tengo alrededor. Nos mirábamos incrédulos, sin entender nada. O entendiéndolo todo: creamos situaciones y no las definimos. Higuaín vuelve a tener otro mano a mano sobre el tiempo de descuento, y otra vez a las manos del arquero. Siempre así.
Me fui (nos fuimos) no como llegamos, sino con una bronca bárbara. Escucho por la radio que los periodistas hablan de la fiesta que se vivió en el Chateau. Y yo pienso: “Una fiesta para unos pocos”, porque no había forma de sacarse la desazón. No por el gol celeste; sino por esa cantidad de “goles-hechos”, invisibles, cantados de River que nunca fueron tales. Claro, CASI...
Me quedo con el consuelo de que los goles que dilapidamos hoy se los vamos a hacer a Boca. Pero es sólo un consuelo, para contrarrestar ahora tanto bocinazo celeste.
(foto Infobae.com)
02/10/06
Pichincha
Centro de operaciones de “la Chicago argentina”, el rosarino barrio de Pichincha cuenta una historia de malevos y madamas, pasillitos de pensiones y dialecto cocoliche. El transcurso del tiempo lo modificó pero conserva intacta su esencia de barrio arrabalero. La historia cuenta que Carlos Gardel, Jorge Luis Borges, y hasta Albert Einstein pasaron por allí.
Lina Facciuto (Rosario)
Puerto, orilla y arrabal... rufianes, cabarets y milonga... Señoras y señores, Bienvenidos a PICHINCHA
Centro de operaciones de “la Chicago argentina”, Pichincha cuenta una historia de malevos y madamas, pasillitos de pensiones y dialecto cocoliche. Aunque el transcurso del tiempo lo modificó en muchos aspectos, conserva intacta su esencia de barrio arrabalero, a pesar de que hoy las casitas de 1900 se confundan con los imponentes edificios modernos. Es prácticamente imposible caminar por estas calles y no toparse con algo que nos transporte hacia otro tiempo, hacia otras historias. En la actualidad, las actividades culturales, las ferias de antigüedades y la siempre creciente oferta gastronómica están a la orden del día.
Pero primero lo primero. La historia comienza así... Hacia finales del siglo XIX, la instalación de las vías del ferrocarril y el intenso crecimiento de la actividad portuaria impulsaron la necesidad de crear una nueva zona de viviendas en la ciudad de Rosario, aledaña, respectivamente, a la Estación de Ferrocarriles y al puerto. Lo que hoy conocemos como barrio Pichincha comenzó sus días como un puñado de manzanas delimitadas por las Avenidas Rivadavia y Salta, de norte a sur, y la Avenida La Plata y Boulevard Timbúes (actualmente Ovidio Lagos y Avenida Francia), de este a oeste. Pichincha era el nombre de la calle principal, recibido en homenaje a una de las más importantes batallas de independencia de nuestro continente.
Pero fundamentalmente, y de ahí su cabal tinte arrabalero, esta franja de calles representaba el límite entre la parte más urbanizada de la ciudad y su contraparte en vías de desarrollo, que, gracias al acelerado crecimiento demográfico impulsado por las masas inmigratorias de principios de siglo, crecía a un ritmo vertiginoso y sin pausa. Es decir, Pichincha era la orilla, con todo lo que eso implica. Porque su epicentro lo constituía la Estación de Ferrocarriles Sunchales –en la actualidad Estación Rosario Norte- este barrio se transformó en el punto de convergencia de marineros, viajantes y demás personajes típicamente orilleros, que fueron los que originariamente poblaron sus calles. Y no sólo ellos... los ilustres Carlos Gardel y Jorge Luis Borges, entre otras celebridades de la época, también pasaron por allí. Inclusive se cuenta que el premio Nobel de física alemán Albert Einstein, en su viaje a la Argentina en el mes de abril de 1925, aprovechando una breve parada del tren que lo llevaba desde Córdoba hasta Buenos Aires, estiró sus piernas por los andenes de la Estación Sunchales.
El acelerado desarrollo demográfico que experimentaba la ciudad -con una notable mayoría masculina en la población- trajo como consecuencia un marcado incremento del comercio sexual. ¿Y qué lugar mejor que Pichincha para convertirse en el imperio de proxenetas y meretrices?
Resulta que el oficio más antiguo de la historia gozó durante este período de una administración notable en la ciudad de Rosario. Desde los primeros años del siglo XX hasta mediados de la década del treinta rigió un sistema denominado “prostitución reglamentaria”, válido exclusivamente para las “casas de tolerancia” (expresión elegante y políticamente correcta para referirse a los prostíbulos). Éste combinaba aspectos sanitarios, políticos y administrativos que debían cumplimentar dichos establecimientos.
Uno de los burdeles más famosos y lujosos de Pichincha era el de Madame Safó, ubicado sobre la calle principal, hoy Gral. Ricchieri. Allí se daba cita la burguesía rosarina, y se dice por lo bajo que era el punto de visita obligado de los caballeros importantes que pasaban por la ciudad. En la actualidad muchas historias apasionantes giran en torno a este lugar, que por aquel entonces, y no por casualidad, era conocido como “El Paraíso”.
Muchos íconos inmortalizaron las calles de Pichincha. Desde la inolvidable vedette conocida como Rita la salvaje, que cautivó durante más de tres décadas al público local con sus legendarios números de streaptease, hasta los mafiosos apodados Chicho Grande y Chicho Chico, que, balacera tras balacera, se disputaban el liderazgo de “la Chicago argentina”.
Don Juan Galiffi, alias Chicho Grande, fue el alma mater de la mafia rosarina durante la década del treinta, título ganado con justicia si se tiene en cuenta que era acusado nada menos que de asesinato, estafa, de manejar las apuestas en las carreras de caballos y de vender protección. Por supuesto, y como no podía ser de otra manera, la policía no pudo probar ninguno de los cargos en su contra. No en vano lo apodaban el “Al Capone argentino”.
La aparición en escena de Francisco Morrone, italiano, también conocido como Chicho Chico, hizo tambalear el imperio mafioso de Galiffi. Y como en Rosario no había lugar para dos capo di cappi, en 1933 los “chicos” de Chicho Grande lo ahorcaron. Así de simple.
También por éstos años, más precisamente el 24 de agosto de 1933, llegaba al mundo Alberto Orlando Olmedo, uno de los mayores exponentes del humor nacional. Hijo dilecto de su queridísima Pichincha, desde el año pasado el ídolo cuenta con su propio monumento en el barrio, una bellísima estatua de bronce de tamaño real (foto) confeccionada por la artista plástica y periodista Carmita Batlle.
Aunque la mayoría de ellos hoy físicamente no están, Pichincha nos los recuerda en todo momento, en cada rincón. Al caminar por sus calles no cuesta imaginarse que a la vuelta de la esquina pasa un rufián acompañado de una bella señorita francesa, que Chicho Grande jura una vez más ante un polizonte que “él no tuvo nada que ver”, y que Rita la salvaje vuelve locos a los hombres con “el caramelito” y “el ventilador”, sus dos números más famosos.
Hoy Pichincha dejó de ser la zona roja que otrora fue para convertirse en un epicentro cultural de ebulliciente actividad. Cual San Telmo rosarino, cuenta con ferias de ropa y artesanías, negocios de antigüedades y restaurants que en viejas casonas abren sus puertas a locales y turistas. Lugar de culto para muchos, no cabe duda de que fue y sigue siendo uno de los barrios más emblemáticos de la ciudad.
Muchas de las páginas más entrañables de la historia de Rosario fueron escritas en este puñado de callecitas. Y Pichincha pudo haber perdido el pelo pero no las mañas. Porque la mística de ayer hoy sigue intacta.
Foto: Sosperiodista.
21/01/09
Hincha
Hincha (Preparado para alentar a la selección) Foto: Eduardo Planas.
En La Décima de febrero, la zona sur después de la tormenta del 30 de enero. La emergencia expuso las deficiencias estructurales,la responsabilidad y la desidia estatal y la consecuencia del desarrollo inmobiliario descontrolado. Además: Mujeres hartas de la violencia: en sólo tres meses, huno 500 exclusiones de hogar. Y Más. Ingrese y baje La Décima en PDF.