escribi tu nota

publica tu articulo

el surprensa red

Foto ciudadana

Las pequeñas revanchas del clásico /

Las pequeñas revanchas del clásico

Vimos River-Boca en un bar de barrio General Paz. Como siempre, no cabía un alfiler. Los que llegaban tarde debían pegar la vuelta. Los que estaban, se comían las manos. El lugar se partió en dos; sin quererlo, los millonarios estaban de un lado y los boquenses de otro. La buena onda predominó entre los comensales, aunque siempre hay un energúmeno que agrede gratuitamente. Una viejita, hincha de Boca, terminó abatida.


Mario Albera.

Al partido lo vi en un bar de barrio General Paz, ubicado en la esquina de Viamonte y 24 de Setiembre. Se llama "El Sitio", y queda enfrente del colegio Garzón Agulla. Lindo barcito. Sillas de madera con alto respaldar y mesas con base de piedra.

Llegué 45 minutos antes del comienzo. Los clásicos son así: tenés que ir una hora antes –incluso- para hallar un lugar. Después, todo es caos. Por eso no entiendo a los distraídos o cancheros de siempre que llegan sobre el límite con pretensiones de encontrar un lugar. "Puedo meter una mesa ahí", pide uno. "A lo sumo, en ese espacio sólo cabe el mini de Pettinatto, pero no más", pensé yo. "Y dale, si podés", le contesta el mozo, complaciente.

Es que nada mejor que estos partidos para hacer trabajar la tickeadora. La bandeja va y viene. Cervezas y gaseosas lideran los pedidos, y algún que otro café, perdido por ahí.

Falta media para que comience, y la ansiedad se adueña de algunos. Al lado mío hay un flaco con camiseta de River y pantalón caqui (onda militar) que se mastica las uñas, manda mensajitos por celular, se alisa el peinado a dos aguas. Más allá, otro, más discreto, sin colores que lo delaten, juguetea con el atado de cigarrillos pensando en la maldita normativa prohibitiva, mira para todos lados, tiene la cara tensa, rígida. No ve la hora de que el comentario edulcorado de Macaya empiece.

Después hay dos barritas de quinceañeros, en mesas distintas, que bromean entre ellos, se cargan a cuenta, mientras hinchan sus estómagos con litros de Coca-Cola.

(Foto: Amigos en la vida, rivales en el fútbol)

rivales

Pero lo que me llama la atención es una mujer-anciana sentada en una mesa con su compañera (algo más joven, aunque también bastante mayor) que tiene su mirada fija en el televisor. La mujer, de anteojos y con el cutis muy manchado por la vejez, resulta ser hincha de Boca. Me di cuenta porque una pareja que se sentó con ellas a compartir la mesa le pidió su "carnet" futbolístico. Y la mujer, muy moderna, dibujó con su mano una franja horizontal sobre su delgada figura.

Cuando los equipos ingresaron a la cancha también me di cuenta de otra cosa: que el bar estaba partido en dos, figurativamente hablando. Como si alguien lo hubiera planificado de esa forma. Hagamos de cuenta que estamos en el Estadio Córdoba y que las sillas están colocadas en el campo de juego y que en cada tribuna hay una pantalla: los que miran para el autotrol son los de River y los que miran para la tribuna sur, hacia la avenida Colón, los de Boca. A estos, gracias al benemérito, yo los tenía de espaldas. Lo de gracias es tal cual: ojos que no ven, corazón que no siente.

Los aplausos por el ingreso de Boca a la cancha sonaron como un moscardón molesto soplándome la nuca. Pero me la banqué. No hay lola mi amigo. La alternativa sería poner el codificado, pero como no me sobra la plata, aquí estoy. Además, quién te quita lo bailado: el bar es como una maqueta del partido más grande que se juega en la cancha. Un pequeño muestrario de sensaciones.

- ¿Qué te vas a servir?

- Una Sprite.

Una hora después

- Discúlpame flaco, me había olvidado.

- ¿Cuánto es?

- Dos con cincuenta.

El mozo no daba abasto. Las cervezas, tostados y gaseosas, desfilaban al compás de la pelota.

(Foto: Tensa espera por el comienzo)

hincha river

Entiendo que la gente aplauda el comienzo del encuentro, cuando el árbitro da el pitazo inicial, porque es como exorcizar los nervios, disponerse a ver el partido que uno espera a lo largo de toda la semana. Pero no entiendo el aplauso cuando se decreta el final del primer tiempo. Me parece que es como esa foto que no sale nunca, la del árbitro con los capitanes. Pura costumbre. O será que festejan el milagro de que el partido no se haya suspendido por alguna imbecilidad humana emparientada con la violencia de turno. Puede ser también. La cuestión es que todos aplaudieron cuando finalizó empatado uno a uno, por un gol de taquito del pibe Higuaín y un zapatazo de Palacio.

- Gol, gol... La concha é tu madre- le gritó en la cara un cincuentón, que estaba con su esposa, a un joven que antes había explotado con el taquito de "el Pipita". El pibe no respondió, pero sintió el escarnio, la salvajada verbal estallándole en el tímpano.

El descanso en los vestuarios fue eterno. Mientras Palermo hacía tiempo conversando con el mundialista Elizondo (de mal arbitraje, tiene una compulsión a sacar amarilla porque sí, lo que convierte al fútbol en un juego de señoritas), River demoraba la salida para encarar el segundo tiempo. Al final, lo hicieron como diez minutos más de lo previsto, y otra vez, aplausos en el bar. A esta altura, ya eran hijos de la impaciencia, de la angustia porque comience el juego.

Pase de Belluschi (un señor jugador) a Higuaín, este que se mete en el área, deja a Bobadilla haciendo sapitos en el piso, y golazo. Explotan los pibes que tengo enfrente mío (uno de ellos me mira y abre los brazos con furia – foto principal) y la algarabía rojiblanca vuelve a adueñarse de la mitad del bar. En la otra mitad (que no es más uno, en este caso), no hay quejas. Sólo un silencio expectante, quizá basado en la confianza de que la gambeta mágica de Palacio o la sutileza de Gago los va a salvar. Pero no hay salvación.

Demasiado hambre de triunfo hay en River para dejar pasar esta oportunidad. Boca subestimó esto, lo subestimó tanto, que sucumbió.

Otro gran pase de Belluschi habilitándolo a Farías (que siempre le hace goles a Boca, desde la época de Estudiantes) para sentenciar el 3 a 1. River lo liquidó de contragolpe.

Miro a la viejita, y está abatida. No puedo creer lo que veo. Se la ve triste a ella y a su amiga. Tiene uno de sus brazos colgando de la silla, resignada. No es pena ni compasión lo que siento al mirarla, pero sí cierta envidia por la entereza de venir a ver un partido de fútbol y mezclarse entre tanto ruido y hormona adolescente.

Sí disfruto mirando al energúmeno que insultó al pibe gratuitamente cuando Boca empató, buscando infundirle miedo y respeto. En ese momento, el pibe se puso colorado, se sonrojó del miedo. Ahora, el que está mudo y con la cara enrojecida de la bronca, es él. Lo miro e imagino una franja roja invisible surcándole la cara, y me alegro, lo disfruto mucho. Es lindo ver como el fútbol te ofrece pequeñas revanchas cotidianas, frente a padres de familia que las dan de barra brava.

Salud, River. Salud, pibe.

09/10/06

Un clásico /

Un clásico

Un clásico. (Postal recurrente: un ómnibus roto, detenido en medio de la calle, en este caso -hace unos días- en la avenida Arenales y Américo Vespucio. Es una postal que se repite en el sistema de transporte urbano de la ciudad de Córdoba, y para todas las empresas, no sólo la denunciada por esta foto. Aunque es cierto de que hay unidades nuevas circulando, hay otras en estado lamentable) Foto: Analía Reineri.


Clásico /

Clásico

Clásico. (El antiguo clásico del fútbol de Córdoba también se juega en el aire. Aquí, dos barriletes con los colores de Talleres y Belgrano juegan un partido imaginario para el que no hay que pagar entrada. Alcanza con inclinar la cabeza hacia el cielo) Foto: Ricardo Cortés.


Recomendar esta nota






Completa este formulario para recomendar esta nota:

Tu email:

Tu nombre:

Email de tu amigo:


escribi tu nota