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Pichincha

Centro de operaciones de “la Chicago argentina”, el rosarino barrio de Pichincha cuenta una historia de malevos y madamas, pasillitos de pensiones y dialecto cocoliche. El transcurso del tiempo lo modificó pero conserva intacta su esencia de barrio arrabalero. La historia cuenta que Carlos Gardel, Jorge Luis Borges, y hasta Albert Einstein pasaron por allí.

Lina Facciuto (Rosario)

Puerto, orilla y arrabal...
rufianes, cabarets y milonga...
Señoras y señores,
Bienvenidos a
PICHINCHA

Centro de operaciones de “la Chicago argentina”, Pichincha cuenta una historia de malevos y madamas, pasillitos de pensiones y dialecto cocoliche. Aunque el transcurso del tiempo lo modificó en muchos aspectos, conserva intacta su esencia de barrio arrabalero, a pesar de que hoy las casitas de 1900 se confundan con los imponentes edificios modernos. Es prácticamente imposible caminar por estas calles y no toparse con algo que nos transporte hacia otro tiempo, hacia otras historias. En la actualidad, las actividades culturales, las ferias de antigüedades y la siempre creciente oferta gastronómica están a la orden del día.

Pero primero lo primero. La historia comienza así...
Hacia finales del siglo XIX, la instalación de las vías del ferrocarril y el intenso crecimiento de la actividad portuaria impulsaron la necesidad de crear una nueva zona de viviendas en la ciudad de Rosario, aledaña, respectivamente, a la Estación de Ferrocarriles y al puerto. Lo que hoy conocemos como barrio Pichincha comenzó sus días como un puñado de manzanas delimitadas por las Avenidas Rivadavia y Salta, de norte a sur, y la Avenida La Plata y Boulevard Timbúes (actualmente Ovidio Lagos y Avenida Francia), de este a oeste. Pichincha era el nombre de la calle principal, recibido en homenaje a una de las más importantes batallas de independencia de nuestro continente.

Pero fundamentalmente, y de ahí su cabal tinte arrabalero, esta franja de calles representaba el límite entre la parte más urbanizada de la ciudad y su contraparte en vías de desarrollo, que, gracias al acelerado crecimiento demográfico impulsado por las masas inmigratorias de principios de siglo, crecía a un ritmo vertiginoso y sin pausa. Es decir, Pichincha era la orilla, con todo lo que eso implica. Porque su epicentro lo constituía la Estación de Ferrocarriles Sunchales –en la actualidad Estación Rosario Norte- este barrio se transformó en el punto de convergencia de marineros, viajantes y demás personajes típicamente orilleros, que fueron los que originariamente poblaron sus calles. Y no sólo ellos... los ilustres Carlos Gardel y Jorge Luis Borges, entre otras celebridades de la época, también pasaron por allí. Inclusive se cuenta que el premio Nobel de física alemán Albert Einstein, en su viaje a la Argentina en el mes de abril de 1925, aprovechando una breve parada del tren que lo llevaba desde Córdoba hasta Buenos Aires, estiró sus piernas por los andenes de la Estación Sunchales.

El acelerado desarrollo demográfico que experimentaba la ciudad -con una notable mayoría masculina en la población- trajo como consecuencia un marcado incremento del comercio sexual. ¿Y qué lugar mejor que Pichincha para convertirse en el imperio de proxenetas y meretrices?

Resulta que el oficio más antiguo de la historia gozó durante este período de una administración notable en la ciudad de Rosario. Desde los primeros años del siglo XX hasta mediados de la década del treinta rigió un sistema denominado “prostitución reglamentaria”, válido exclusivamente para las “casas de tolerancia” (expresión elegante y políticamente correcta para referirse a los prostíbulos). Éste combinaba aspectos sanitarios, políticos y administrativos que debían cumplimentar dichos establecimientos.

Uno de los burdeles más famosos y lujosos de Pichincha era el de Madame Safó, ubicado sobre la calle principal, hoy Gral. Ricchieri. Allí se daba cita la burguesía rosarina, y se dice por lo bajo que era el punto de visita obligado de los caballeros importantes que pasaban por la ciudad. En la actualidad muchas historias apasionantes giran en torno a este lugar, que por aquel entonces, y no por casualidad, era conocido como “El Paraíso”.

Muchos íconos inmortalizaron las calles de Pichincha. Desde la inolvidable vedette conocida como Rita la salvaje, que cautivó durante más de tres décadas al público local con sus legendarios números de streaptease, hasta los mafiosos apodados Chicho Grande y Chicho Chico, que, balacera tras balacera, se disputaban el liderazgo de “la Chicago argentina”.

Don Juan Galiffi, alias Chicho Grande, fue el alma mater de la mafia rosarina durante la década del treinta, título ganado con justicia si se tiene en cuenta que era acusado nada menos que de asesinato, estafa, de manejar las apuestas en las carreras de caballos y de vender protección. Por supuesto, y como no podía ser de otra manera, la policía no pudo probar ninguno de los cargos en su contra. No en vano lo apodaban el “Al Capone argentino”.

La aparición en escena de Francisco Morrone, italiano, también conocido como Chicho Chico, hizo tambalear el imperio mafioso de Galiffi. Y como en Rosario no había lugar para dos capo di cappi, en 1933 los “chicos” de Chicho Grande lo ahorcaron. Así de simple.

También por éstos años, más precisamente el 24 de agosto de 1933, llegaba al mundo Alberto Orlando Olmedo, uno de los mayores exponentes del humor nacional. Hijo dilecto de su queridísima Pichincha, desde el año pasado el ídolo cuenta con su propio monumento en el barrio, una bellísima estatua de bronce de tamaño real (foto) confeccionada por la artista plástica y periodista Carmita Batlle.

Aunque la mayoría de ellos hoy físicamente no están, Pichincha nos los recuerda en todo momento, en cada rincón. Al caminar por sus calles no cuesta imaginarse que a la vuelta de la esquina pasa un rufián acompañado de una bella señorita francesa, que Chicho Grande jura una vez más ante un polizonte que “él no tuvo nada que ver”, y que Rita la salvaje vuelve locos a los hombres con “el caramelito” y “el ventilador”, sus dos números más famosos.

Hoy Pichincha dejó de ser la zona roja que otrora fue para convertirse en un epicentro cultural de ebulliciente actividad. Cual San Telmo rosarino, cuenta con ferias de ropa y artesanías, negocios de antigüedades y restaurants que en viejas casonas abren sus puertas a locales y turistas. Lugar de culto para muchos, no cabe duda de que fue y sigue siendo uno de los barrios más emblemáticos de la ciudad.

Muchas de las páginas más entrañables de la historia de Rosario fueron escritas en este puñado de callecitas. Y Pichincha pudo haber perdido el pelo pero no las mañas. Porque la mística de ayer hoy sigue intacta.

Foto: Sosperiodista.

21/01/09


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Martín Menditto

Agradezco si alguién sabe algún mail actualizado de la secretaria de cultura de córdoba para hacerle llegar el articulo sobre el estado de la biblioteca córdoba al secretario de cultura Garcia Vieyra



juan c. olmos

Carlos Alesandri,no lo tendra??



Martín Menditto

y posiblemente...¿pero quien tiene el mail de Alessandri para preguntarle?, si en la misma secretaria de cultura no te quieren dar el de vieyra.



juan c. olmos

El ex.Gobernador,Dr.Jose Manuel De La Sota!!



Martín Menditto

y quien tiene el del ex gobernador De La Sota? para que le diga a Alessandri, que le diga a Vieyra que digo yo que le echen un ojo al estado de la fachada del edificio de la biblioteca córdoba. ya es mucho lio.



juan c. olmos

Seguramente su ex.mujer,Olga Riutort!



ernesto azua

Hermosa semblanza del barrio Pichincha!!! La gloriosa y emblemática estación SUNCHALES!!! que se ve en parte detras de la estatua del genial Olmedo que, así como el genio de la Relatividad, Borges y Gardel cuantos otros habran caminado por sus andenes!!! el silbato de las "Capriotti" y el olor a "creolina" de los trenes.



ernesto azua

Me rectifico no eran "Capriotti" sino "Caprotti"




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