
Diego Sponton (Santa Fe)
“Creo que la televisión es muy educativa, cada vez que aparece algo en la pantalla, cambio de cuarto y me pongo a leer un libro” GROUCHO MARX .
Enfrentamos desde hace una semana el atípico fenómeno de una pantalla huérfana de ficción.
Frente al reclamo de la Asociación Argentina de Actores, que defiende una jornada laboral de siete horas y 45 minutos, más una de almuerzo, la Asociación de Telerradiodifusoras Argentinas (ATA) y la Cámara Argentina de Productoras Independientes de Televisión (Capit) resolvieron suspender grabaciones y sacar del aire hasta nuevo aviso tiras y unitarios. Parece que el conflicto tiene un principio de solución y hoy regresarían las tiras.
En consecuencia, lo que tuvimos como alternativa es, por ejemplo, ShowMatch. Todavía con más soñadores cantantes, bailarines o patinadores de lo que hoy trajinan la pantalla de Canal 13 y todos los programas parásitos que viven a costa de lo que ocurre alrededor de Marcelo Tinelli.
¿Cuánto podría ganar Lalola , por ejemplo, si sus emisiones fueran semanales y no diarias? Habría más expectativa entre el público, más tiempo para trabajar las situaciones y mejores recursos televisivos para resolverlas. Algo así ocurría con la mejor ficción de los últimos años, Los simuladores , un ciclo que de haberse emitido diariamente jamás habría alcanzado tan alto vuelo. No estaría mal que además de discutir cuestiones laborales y salariales las partes en pugna se pusieran a conversar seriamente acerca del modelo de televisión que se hace en la Argentina, cuyo menú de ficción -con exceso de tiras- nos obliga a tragar rápido y eleva los riesgos de indigestión.
Comienzó la segunda semana y a la pantalla chica le faltó uno de sus motores principales. Y si hoy no huniera ficciones nacionales en la televisión, una vez más los espectadores tendrán que arreglarse con una programación de emergencia. Aunque los ratings no cambiaron notablemente con respecto al lunes de la semana última, el contenido con el que se tuvieron que conformar los televidentes sí.
Reality shows, talk shows, programas televisivos que hablan sobre televisión y demás géneros cuya producción no requiere grandes inversiones dominan la programación televisiva actual. En ese contexto la ficción intenta sobrevivir en las emisiones de Patito feo, Mujeres de nadie, Casi ángeles, y hasta las repeticiones de Montecristo. Pero hace unos días, las emisiones de los canales de aire estuvieron despojadas de esas producciones de ficción local.
Desde hace tiempo, la Asociación Argentina de Actores (AAA) viene pidiendo un aumento salarial para sus afiliados y además que se cumpla el horario de trabajo estipulado en el convenio. Tener un control remoto significa tener opciones. La gente que se entristece porque no puede seguir a Lalola, tiene excelentes candidaturas para reemplazar la tristeza que la ausencia de un ex Jugate conmigo le trae.
Pero deberíamos entender, de una vez por todas que, el rating es sólo “porteño” y las mediciones se registran dentro del radio capitalino; y que tener cable, en estos tiempos que corren, es un privilegio que convendríamos tener en cuenta y sobre todo hacer valer. Recordemos las grandes series que aún se emiten por Retro, el mundo FOX con su 24, CSI, Mujeres desesperadas, Tiempo final y Los Simpson.
La calidad como característica, como aptitud, talento, idoneidad y eficacia no es difícil de encontrar después de las 22. Porque uno quiere evadirse, lo necesita y hasta es saludable, pero Bailando o Patinando –con o sin paro- deja de ser una opción cuando la oferta es verdaderamente extensa.
Aunque se prefiera seguir viendo al señor que insiste con cortar manzanas o enterarse del último affaire de Wanda Nara. ¿Es una cuestión nacionalista disfrutar de series extranjeras? No, claro. Con ese criterio solo miraríamos películas de Demare, de Torre Nilson, de Favio, de Jusid, de Sorín, de Páez.
No escucharíamos a The Beatles, Rolling Stones, The Who, Jethro Tull, tampoco a Janis Choplin, a Eric Clapton, a Led Zeppelin. A la TV argentina se la ha condenado muy específicamente –entre otros muchos pecados- por profanar la lengua de todos, por empobrecerla y confinarla a la barbarie y a la superficialidad. Con sólo ver a la diva de los teléfonos alcanzará. Ahora cómo salir de ese torrente circulatorio sobre el que convergemos –televidentes, lectores- que nos otorga identidad y pone en cuarentena al lenguaje? Porque destinamos horas y horas discutiendo la forma, cuando habría que prestar un poco de atención en el fondo. Por eso el control remoto se clava en cadenas televisivas refugiadas y acogidas por un sector de la sociedad que además de mirar; ve, percibe, distingue, descubre y aprecia productos que no están hechos precisamente en estas pampas.
El fenómeno de la hipertelevisación mundial se produce en nuestro país a un ritmo acelerado y toma fisonomías propias.
Tanto los productores como los protagonistas pertenecen a un sector en zona de riesgo: la clase media, que está en crisis con sus valores tradicionales, el valor de la educación y el trabajo, el progreso como destino, pero se resiste a abandonarlos aunque ya no crea del todo en la virtud de esos valores y su puesta en escena en la realidad. Porque la única verdad es la tele. Lo virtual se convierte en realidad; y el hambre es más hambre cuando un chico al borde de la desnutrición está “en el piso” y las inundaciones resultan más intensas con los movileros dentro del agua, la inseguridad es proverbial en Crónica TV y canal 9. ¿No se debe este fenómeno a falencias institucionales? Porque cuando en un barrio falta agua, la gente sabe que es inútil reclamarle a las autoridades y acude a la televisión en busca de soluciones.
Hubo un grupo de conductores y periodistas que reaccionaron contra calificativos como “televisión basura”, algunos continúan haciéndolo con el cinismo del que se sabe ganador; como es el caso de Viale o Gelblung dispuestos a admitir que un punto de rating lo justifica todo.
Hoy la TV, no sólo la ficción, juega un rol importantísimo en la formación de identidades y ella ofrece un reemplazo del vacío con otro vacío de formas fragmentarias. Mientras tanto “las populares” y “las divinas” se reproducen en las aulas, aunque deberán esperar el receso, porque a la vuelta de las vacaciones la serie televisiva más vista por los chicos y preadolescentes cala hondo, seguirá generando mecanismos de identificación y controversias que se evidencian en los recreos de la educación pública y privada.
A la hora de la merienda, el legendario Capitán Piluso o el Chavo del 8 cedieron protagonismo televisivo a una jovencita sencilla, de trenzas, ortodoncia y anteojos, que se guía por valores como la amistad, y lidera el grupo de las “populares”. Pero su contraparte en la tira es Antonella, una chica de alta sociedad, que comanda a las “divinas”: lindas, adineradas y arrogantes. ¿Y si a una nena se le ocurre ser amiga de los dos grupos? ¿Será convidada a decidirse por alguno de ellos ?, porque no podrá estar en ambos lados. ¿Las nenas que no son seleccionadas expresan malestar? Cuántas madres verán a su hija "angustiada" por no haber logrado correr lo suficientemente rápido y haber quedado afuera del grupito? Las segregaciones emergen con el empuje de los discursos de época, pero depende de quién mantenga en su puño bien apretado el control remoto –la guerra fría comienza con “power”- para direccionar el andar de nuestros hijos, si es la escuela o la familia.
4/11/07
Recomendar esta notaun control remoto es lo más parecido a un binocular ingresando en la ventana del vecino, no sabemos con qué nos vamos a encontrar. por eso, si hay niños cerca, mejor tenerlo fuera de su alcance o controlado, para no contaminarlos con esos personajes grotestos, estereotipados, que segrega la pantalla, en tiras de ficción que parecieran guionadas por la peluquera y la modista del barrio, aquellas que todo lo ven, lo oyen, lo sienten y lo tergiversan con sus prejuicios.
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