
Gustavo Boccolini.
Actualmente existen personas que sufren una vida sin derechos: “No se pueden inscribir en los preescolares ni en la escuela, difícilmente podrán conseguir un empleo formal, no pueden abrir cuentas bancarias ni tener títulos de propiedad, no pueden casarse por el registro civil, no pueden votar”. Así reza un texto titulado El drama de los indocumentados de América Latina: Los ciudadanos invisibles, publicado por Bernardo Kliksbergrgen en el sitio web www.comunicacionypobreza.cl.
Pero esto es sólo una parte del problema. Al carecer de derechos civiles se convierten en “ciudadanos invisibles” -continúa el autor- y se enfrentan a flagelos como la explotación, la prostitución infantil y el tráfico de personas. “Los más afortunados son adoptados ilícitamente”, dice un artículo publicado el 20 de mayo de 2006 en La Nación.
Si miramos hacia el pasado, se asoma una analogía con el régimen militar de 1976 y su guerra contra la “subversión”, que implicó la tortura y desaparición de personas y el robo de bebés, que luego fueron adoptados ilegalmente. Pero las analogías pueden viajar todavía más en el tiempo, digamos unos 600 años.
En aquellos días existía una institución que, orgullosamente, dictaba interdictos y excomuniones. “Dictar el interdicto equivale a privar a la ciudad o a la región afectada por esta pena de toda actividad sacramental (no hay bautismos, entierros, matrimonios, etc.) y, teniendo en cuenta los vínculos entre la vida sacramental y la vida corriente, supone igualmente imposibilitar cualquier acto jurídico, cualquier transacción que generalmente conlleva la intervención de notario. El interdicto anula el vínculo de fidelidad y con ello obstruye, no sólo la vida política de la ciudad, sino también la actividad económica. Desde el punto de vista canónico y jurídico, una región bajo interdicto es una región muerta.”
Como no hay que hacer caso a las malas lenguas que andan calumniando por ahí, citamos las palabras directamente desde la fuente. Lo anterior corresponde al Manual de los inquisidores, escrito en el siglo XIV por Nicolau Eimeric, y reeditado en el siglo XVI por Francisco Peña. Ambos habían tomado los hábitos y pertenecían al Santo Oficio: La Inquisición. (El Manual de los inquisidores, Muchnik Editores, Barcelona, 1996, pág. 125)
Los indocumentados sencillamente no existen. No hay registros oficiales al respecto, y las cifras que se manejan son estimativas. El estado les es indiferente, ya que no son ciudadanos reconocidos legalmente. Cualquier parecido entre los herejes de antaño y los invisibles de hoy es pura negligencia.
Foto: memoriaviva.com
19/10/06
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