
Juan José Vagni.
La reciente controversia acerca de las declaraciones del Papa Benedicto XVI sobre el Islam parecen menos el fruto de un error o de una arriesgada tergiversación, sino más bien uno de los primeros signos de una nueva –o tal vez el retorno de la más vieja- posición de la Iglesia hacia el mundo musulmán.
En su discurso dado ante la comunidad académica de la Universidad de Ratisbona en Alemania, el Papa abordó las diferencias históricas y filosóficas entre el Islam y el cristianismo, y la relación entre la violencia y la fe. Para ello rescató un diálogo entre el erudito emperador bizantino Manuel II Paleólogo y un noble persa musulmán, en el marco del sitio turco sobre Constantinopla entre 1394 y 1402.
La polémica surgió especialmente en torno a una frase del emperador -que fue señalada por el Pontífice- donde dice: "Muéstrenme qué trajo de nuevo Mahoma y sólo encontrarán cosas malvadas e inhumanas, como su orden de difundir con la espada la fe que profesaba".
Según el Secretario de Estado vaticano, Tarcisio Bertone, el Papa "no pretendía en absoluto hacerla propia, sino utilizarlo para obtener, en un contexto académico (...) una reflexión sobre la relación entre religión y violencia y concluir con un rechazo claro y radical de la motivación religiosa de la violencia, proceda de donde proceda".
Lo cierto es que el Papa utilizó precisamente un ejemplo relacionado con el mundo musulmán –y no otro- para ilustrar la vinculación entre fe y violencia. Y en un contexto internacional sumamente tenso, el oportunismo no parece casual: el discurso fue pronunciado un día después del 11 de setiembre, en una etapa donde la controversia en torno a las caricaturas de Mahoma aún no se han disipado y a pocos meses de iniciar su visita, justamente, a Turquía.
Aunque el pontífice tratara de rectificar sus palabras ante los masivos reclamos y los disturbios surgidos en diversos rincones de la geografía islámica, su intención parece clara: marcar una distancia, señalar la preeminencia de la fe cristiana unida a la razón y asociar la propagación del Islam con cierta forma de violencia.
Para algunos analistas, este intento deliberado del Pontífice tiene correlación con otras medidas similares, como el paso a cuarteles de invierno del arzobispo Michael Fitzgerald, máximo responsable del diálogo entre las religiones en los últimos tiempos del anterior papado. Fitzgerald, que fue enviado ahora como nuncio apostólico a Egipto, era uno de los mayores expertos sobre el mundo árabe-islámico y una persona de indudable reconocimiento, que había logrado promover una plataforma de entendimiento muy auspiciosa. Lejos parecen estar los gestos de acercamiento ensayados por Juan Pablo II, quien fue el primer Papa en ingresar a una mezquita (en Siria en el 2001) y besar un Corán, por ejemplo.
En un momento en que la sensibilidad de los musulmanes está a flor de piel y cuando el mundo ve con horror la situación en Palestina, Irak, el Líbano y Afganistán, las palabras de Benedicto XVI suenan bastantes desafortunadas y arriesgadas.
Foto: Agencia AP. Protesta en Indonesia por los dichos del Papa.
21/09/06
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