
Jorge Herrera Marín (desde Barcelona, España)
El escritor inglés George Orwell (1903-1950) se hizo conocido por su libro titulado 1984, relato imaginario en que cuenta la existencia angustiosa de una sociedad que vive sometida y la inconciencia con que sus personajes se hallan en un mundo controlado por El Gran Hermano. Precisamente éste ente, que encarna al déspota absoluto, ejerce control sobre todas la actividades de la esfera pública y privada de las personas y decide quién y de qué manera hace las cosas. El sistema se arroga todas las disposiciones, incluidas la de ir a la guerra, manipulando además el contenido ideológico que difunden los medios, alienando así a todos.

Algunos interpretan que este libro futurista –lo escribió en 1949- fue premonitorio y que el autor hizo referencia al marco político que existía en una Europa que luchaba para librarse del nacionalsocialismo y del fascismo; pero que ya tenía otro ogro en ciernes: el comunismo estalinista.
Me acordé de este libro ni bien pisé el fin de semana pasado suelo inglés junto a unos amigos.
Londres, contrariamente a lo que pudiera creerse, y a pesar de haber sido golpeada en pleno corazón por los atentados terroristas del 7 de julio de 2005, vive muy a su aire. Quiero decir que vive muy normalmente y que no da en absoluto la imagen de ser el objetivo terrorista que cabe imaginar de manera lógica. No parece el centro neurálgico de un país beligerante, porque sutilezas al margen, el Reino Unido es un país en estado de guerra, llámese como se llame al enemigo.

La gente se mueve vertiginosamente. La ciudad entera está arreglada con guirnaldas luminosas y se respira prematuramente la Navidad comercial. Los Papá Noel pululan a la entrada de los shoppings ofreciendo descuentos de cinco libras para las compras de más de veinticinco, y la muchedumbre se sube apurada a los típicos buses de dos pisos en Victoria Station, nudo estratégico del transporte público donde convergen también el metro y los ferrocarriles. Precisamente, a escasas decenas de metros de esta estación es donde terroristas ingleses de origen musulmán hicieron estallar un autobús.
Por eso llama la atención que en las estaciones no se vea casi policías uniformados. Ni si quiera se los advierte en las calles, ni el centro donde los turistas disparan sus flashes contra los monumentos lamidos por la húmeda baba del tiempo.

No te piden documentos, ni detienen coches para hacer requisas. Nadie te pregunta de dónde vienes o adónde vas, salvo en el aeropuerto, pero esa es otra historia. Lo mismo en Picadilly Circus, zona atestada de discotecas y restaurantes que en la coqueta Oxford Street y sus tiendas caras o en los mercadillos de Camden Town, donde conviven negocios de tatuajes y piercings con los puestos de comida china al paso. Tres cuartos de lo mismo sucede en el bohemio barrio del Soho, donde transitan impunes travestis y chicas que se pavonean frente a las casas de putas. De vez en cuando, como abandonados, un par uniformados se deja ver parsimonioso o un coche patrulla da vuelta la esquina rodando despacio, pero poca cosa más.
Una sola vez nos sentimos intimidados. Fue en Downing Street, donde esta la sede del gobierno británico en el número diez de la calle. Eran las siete de la tarde; siendo que a las cuatro ya es noche cerrada en esta época del año. La bocacalle está vallada y detrás montaban guardia dos uniformados, en este caso sí, armados hasta los dientes. Nos plantamos allí un momento, a menos de tres metros de la valla para curiosear y no nos dijeron nada; pero nada de nada. Ni el esperado ‘circulen’ se oyó. Simplemente desde el puesto de guardia situado más adentro salió un oficial que llegó caminando a paso vivo hasta la reja donde amartilló una ametralladora. Intimidante. Entendimos el mensaje y silbando bajito dimos media vuelta. Eso fue todo. La única actitud evidente y efectiva de amenaza que sufrimos.

Se preguntarán por qué si todo era tan tranquilo nos sentimos como personajes de la novela 1984. Pues muy fácil. Porque todavía no he contado que la ciudad entera, y acaso el país, es una gran jaula de cristal llena de marionetas vivientes que van y vienen. El sistema de video vigilancia es tan sofisticado y tupido que no hay sitio donde esconderse; no se lo pierdan, ni siquiera en los baños públicos. Estoy absolutamente seguro de que los servicios de inteligencia podrían reproducir el recorrido entero que hicimos durante aquellos cuatro días y enseñarnos todos los saludos burlones y los cortes de manga que le echamos a las cámaras. Incívico lo nuestro, sí, pero no más que lo que hace el voyeur que te espía veinticuatro horas por saber cómo te comportas; aunque este fisgón sea el Estado mismo.
Ésta es la paradoja. He ahí al Gran Hermano, sentado en la casa misma de Orwell, mirándote todo el día por televisión y contándote mentiras tan gordas como que Irak tenía armas nucleares. ¿Y uno? A tragar claro, por la cara de pavo que se te pone visto desde una videocámara.
(foto principal muestra la oficina de Scotland Yard y pertenece al sitio news.bbc; la foto de la otra cámara pertenece al sitio www.nacion.com. Las fotos de la ciudad pertenecen al autor de esta nota)
04/12/06
Recomendar esta notaAcertadisima la analogia, Orwell, lo relata, Bush, Blair, Chirac, lo practican. Ya el cine nos proyectaba en una sola dimensión lo que ahora vivensiamos en lo que nos queda de la nuestra. Metroplis, Brasil, Blade Runner, Dune,etc Para algunos palos y represión, para otros miedo y camaras de control.
Increible!! Resultado logico, si se quiere, de miedos acumulados por años debido a sus politicas externas y sistemas que supuestamente cuidan de su gente....como definiran ellos la palabra "libertad"? como consideraran ellos al "libre pensador"?? y que concepto tendran de la "intimidad". Cada pais un mundo.....Como habra hecho Orwell para hacer una futurologia tan clara en años tan lejanos??? un genio sin lugar a dudas.
Muy buena tu nota, menos mal que fue sólo una visita, particularmente, creo q no podría vivir en una jaula mágica de cristal como la que describís... Buenos Aires, con todas sus contras, y aún sintiéndote vigilado muchas veces, te da cierta "libertad" o "anonimato" que en Londres no se si uno puede llegar a sentirlo, mucho menos a vivirlo... Prefiero maldecir la inseguridad, maldecir el vivir amontonados, maldecir tantas contras de mi ciudad... a tener que convivir con un ojo tecnológico capaz de reconstruir cronológicamente, paso a paso y casi sin márgen de error cada paso q doy...
Me encanta como escribes, Jorge Herrera. Por favor, no dejes de publicar.
mi pregunta es: ¿se vigila para seguridad de quien?
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