escribi tu nota

publica tu articulo

el surprensa red

Córdoba

Una cosa trae la otra /

Una cosa trae la otra

"La memoria y la nostalgia encajadas entre serpentinas". La autora de este artículo recuerda cuando las calles San Martín y Rivadavia eran zona "liberada" para la diversión durante el carnaval. El artículo refleja también como la “República de San Vicente" mantiene en alto una costumbre que hizo gala generación tras generación. Y a propósito de los sanvicentinos, a los más nostálgicos se les escapará una sonrisa cuando vean la foto de Los Sin Bombo, aquellos que a falta de violín hacían maullar a un gato.

Liliana Chavez y Eduardo Planas.

No había ni siquiera cesado  el ruido de los petardos, cuando los chicos del barrio empezaron con las bombitas de agua.  Se los ve entrando en jardines ajenos en busca de un grifo. Son todos varones y se tiran  entre ellos o contra las paredes, las chicas de hoy en día los frenan en seco. En algunas casas esta semana he visto jugar carnaval, arrojar a varios a pileta de lona, mojar con la manguera, tratar de hacer puntería con una bombucha grande. Y pensaba., qué diferentes eran los festejos en otro tiempo. 

Cierro los ojos y me veo de la  mano de mi madre camino hacia  la plaza. Recuerdo con una sonrisa mis disfraces habituales, el de gitana, el de hippie y aquel de hormiguita viajera que tanto me gustaba.  Vuelve nítida la imagen de mi hermano, el tercero, vestido de enanito, un traje de tafeta amarilla, bonete y zapatos con la punta hacia arriba, al mayor, en  los corsos de  Jesús María, disfrazado de llanero o ya más grande, alto y flaquísimo, siendo camillero una noche y a la siguiente el accidentado.

Las bombitas estaban destinadas para  los mayores, los chicos debíamos conformarnos con el pomo.

Mi padre contaba que ese tosco botellón de plástico que para mí resultaba tan inofensivo, estuvo prohibido por mucho tiempo y  los muchachos lo llevaban a los corsos de contrabando o con la complicidad  de los  vigilantes, era entretenido arrojar agua a los ojos de las damas  o competir a ver quien acertaba los escotes.  Hasta el Instituto Nacional de Ciegos se opuso a su uso y cuando se creía que finalmente sería pieza de museo, el famoso pomo fue reivindicado - allá en el 45 – autorizado a  batallar  contra serpentinas y papel picado.

En los barrios de la capital como en el interior,  toda la familia participaba del carnaval. Era a baldazo limpio y no había lugar para el enojo, en mi infancia recuerdo hasta haber visto a mis tíos jugar con barro y colocar un chorro de pintura en los baldes con agua. A los primos mayores introducir en las bombitas, las “bulucas” como llamaban al fruto de los paraísos, lo que hacía que el bombazo doliera más.

En el centro de la ciudad de Córdoba, los carnavales tenían su zona liberada para la diversión en la calle San Martín y la Rivadavia. Se gastaba mucho dinero en decoración y montaje de carrozas y los disfrazados llevaban varas de nardo y las ofrecían a chicas o chicos que les gustaban.  Pero, allá por 1932, la “República de San Vicente, se rebeló; rechazaba la prohibición de realizar corsos fuera del centro. Y por más que el interventor Ricardo Belisle enviara a la Policía, fue imposible contener el desborde popular. Ni el corte de luz ordenado opacó la fiesta. Todos los vecinos – unidos – aportaron faroles a gas o querosén y los autos, sus luces al paso de carrozas y mascaritas. El palco estaba situado en San Jerónimo al 2700. 

Los sanvicentinos son quienes, hasta el día de hoy,  mantienen en alto una costumbre que hizo gala  generación tras generación.  Y esto es importante, importantísimo, aunque no lo valoremos en la dimensión que tiene ni terminemos  de darnos cuenta que estas no son simples festividades, sino que hacen a nuestra identidad., a nuestra cultura.  Sería maravilloso que todos pudiésemos participar de  los carnavales norteños, - para dar sólo un ejemplo, - donde el habitante vallisto o de los altos, acompañado por la copla sola y ruidosa, infaltable, se comunica con sus parientes y  amigos, olvidándose de penas y pesares. La copla, “el harina”, “la albahaca”, las máscaras  y las siempre presentes bebidas alcohólicas  hacen revivir cada año, la liturgia mundana del carnaval. Los gauchos  adornan sus cabalgaduras, saltan las trincheras, enancan a sus chinas y hacen alardes caballísticos, a veces seguidos de rodadas y pechazos varoniles. Los collas, con sus diablos y sus negros y las cajas, compañeras sempiternas de las coplas, comenzarán los cantos, con sus picardías y sus recuerdos , conquistarán a las chinitas y halagarán a las suegras.

En un Encuentro de Escritores, un querido amigo, Sixto Vázquez Zuleta, hablaba precisamente de la mujeres collas y de su gracia para la copla picaresca y decía que nada tenían de esa tristeza con que se las pintaba.  Todas las familias participan y ensayan versos nuevos:

Dis que el carnaval viene
rio de Huaco, campo de amor;
con la cajita templada,
risa en la cara, mato el dolor.

La copla es siempre compañera de la chaya (jugar con agua, harina y albahaca) , que sirve para amigar compadres desavenidos y viejos problemas familiares, la que convoca, la que acuna a changos desvelados y ayuda a los amanecidos a encontrar el rumbo a casa.  La copla se funde en la música de guitarra, bombos, violines, se bailan zambas y chacareras, imitan cumbias y se recuerdan taquiraris, especie musical, similar al carnavalito. La gente llega desde los Altos del Tolar a pie y a caballo, nada para divertirse  los seis días que dura la fiesta.  Y un día de estos   me pondré a practicar coplas, sólo para darle el gusto a dos amigos muy queridos, al chaqueño Pedro Soto y al colombiano Flóbert Zapata para quienes va dedicada esta última copla que quedará danzando en el aire hasta que nuevamente Una cosa traiga la otra

Dis que el carnaval ha muerto,
ya lo llevan a enterrar,
echelén poquita tierra,
que se vuelva a levantar.

La Sin Bombo


Famosa era la murga La Sin Bombo,  que en el Corso de San Vicente de 1927 puso todo el ritmo y eran famosos por sus bromas.
Se cuenta que tenían un gato que al maullar hacía de “violín” de la murga.
Inconvenientes tuvieron con la autoridad, que les secuestró el gato. Al irlo a buscar, el Comisario les dijo: “Vamos sáquenlo al gato”. “No, sáquelo Usted”, le contestaron. (Eduardo Planas)


Recomendar esta nota





adri

El carnaval es una fiesta, donde podemos expresar la alegría. Como dice una amiga "allí donde la gente salta y baila a mí me contagia"



juan c. olmos

Salta,salta,salta,pequeña langosta!!



Santos

En mi pueblo en este Carnaval todos se dizfrazaron de jugadores de San Lorenzo al grito de CINCO POR UNO NO VA A QUEDAR NINGUNO.DEspues se suspendió el corso porque pasó un CICLON...por el lugar arrrasando todo o casi todo.



juan c. olmos

Es muy dicharachero y seguramente en este carnaval de su pueblo, apreto el "pomo" Santito,felicitaciones por el difraz.



Santos

Otrora era el Carnaval del pueblo. En algunos lugares se sigue mantneiendo asì, como en Tilcara, un carnaval comunitario.




Completa este formulario para recomendar esta nota:

Tu email:

Tu nombre:

Email de tu amigo:


escribi tu nota