
Liliana Chávez.
Tomaba un café en el bar de 27 de Abril y Obispo Trejo. Me gusta ese lugar cuando llueve. Ver la calle desde allí. La plazoleta del Fundador, la Recova, su vereda con árboles de flores rosadas y el incesante paso de la gente.
Un transeúnte deja su paraguas de varillas quebradas, abierto en un contenedor. Al rato, primero un hombre y luego un chico, se detienen a inspeccionarlo pero ninguno lo lleva.
Quedo pensando. Ya las mujeres lo usaban para resguardarse de la lluvia en la Antigua Grecia. Era, por entonces, una seña de dignidad extensiva incluso, a estatuas y divinidades. Muchos son los monumentos egipcios, asirios y persas donde se ven reyes rodeados de servidores que sostienen un quitasol. Quitasol que, adaptado por los europeos, se convirtió en paraguas. Al llegar a casa me intereso un poco más sobre el tema, la imagen ha quedado dando vuelta en mi cabeza.
Los jesuitas, allá por el siglo XVI introdujeron la seda en estos accesorios que, sumado al encaje más vaporoso, fueron usados en Francia, durante el reinado de Luis XIV por las damas de la corte. En la Inglaterra del Siglo XVII, el paraguas era el sello distintivo de personas adineradas y pudientes.
Al contrario de la sombrilla, el paraguas fue negro durante muchísimo tiempo. Y los hombres, recién empezaron a usarlo en el Siglo XVII.
Y fue el químico escocés Charles Macintosh, quien presentó el primer modelo de paraguas impermeable en 1823. Pero tenía una contra: a diez metros de distancia se sentía su desagradable olor a caucho.
A solo días de presenciar aquel hecho, estoy sentada al borde de un cantero sobre calle Independencia. El motivo es, mi apetito de historias.
Espero que un hombre, en la vereda de enfrente, termine de sacar las placas enrejadas que protegen las vidrieras de su comercio de la inseguridad y el vandalismo. Se llama César, le dicen Chechín, nieto de Manuel Osorio, aquel que inauguró en 1903 “La Casa de los Paraguas”.
La charla se inicia con un interlocutor no muy convencido de hablar. Pero la nostalgia es una aliada incomparable para desatar los nudos que genera la desconfianza. Y tanto palabras como recuerdos se vuelven dóciles.
Tuvieron fábrica, compraban las telas, las varillas, hacían paraguas a pedido, con el mango y el diseño elegido por el cliente. César dice que antes, el valor de un paraguas era el mismo que el de un par de zapatos de cuero. Si habrán cambiado los tiempos, pienso. Hasta 1960, la casa vendía exclusivamente paraguas, ahora también comercia artículos de cuero, bolsos, valijas, bastones.
Mientras aguardo que atienda un cliente, observo el lugar y descubro, dos hermosas sillas de respaldo torneado con asiento de esterilla que están, según supe, desde el inicio del negocio; hay además, un hermoso reloj de pared y una colección llamativa de pequeñas figuras donde resalta la presencia de paraguas. Dos fueron traídas de España; las otras son una especie de máquinas en miniatura y César cuenta que a principios del siglo XX los afiladores callejeros también componían paraguas y ese elemento era el usado para hacer el trabajo.
En la pared, una vieja foto de la calle Independencia permite apreciar lo que hoy es el Museo Luis de Tejeda (sin el ingreso parroquial) y ver, en la construcción contigua, una ménsula de hierro con un paraguas colgando que indicaba, por toda marquesina, la presencia de este centenario comercio.
No quedan fábricas de paraguas en el país. Algunas desaparecieron en la época de Martínez de Hoz – acota César -, otras desde el uno a uno.
Las composturas, actualmente, se hacen desarmando otros paraguas para recuperar el varillaje y más como hobby que por lo rentable de la actividad. Hay personas todavía, para quienes cuenta el valor afectivo y se llegan hasta la casa en procura de rescatar ese accesorio que quizá, fue de un abuelo, de un padre o de su añorada juventud.
Al despedirme, lo hago con la seguridad de que César quedó envuelto en cierta nostalgia y que otros recuerdos desprenderían de su memoria el resto del día. Porque cincuenta años de trabajo son, para cualquier persona, todo una vida.
Nota de Sosperiodista: Este artículo fue publicado en el Boletín Literario Basta Ya, Número 78, octubre de 2007.
3/11/07
Recomendar esta notaSe trata de mi tío "Chechín"...!!!
Es una hermosa historia. Felicitaciones por rescatar hechos y lugares de la vida cotidiana.
Una hermosa historia, narrada maravillosamente por Liliana, rescatando un lugar de nuestra Córdoba, en este caso la famosa La Casa de los Paraguas y la persona que trabaja allí. Muy buen artículo.
Si algo me impacta es como está construída la historia de "La Casa de los Paraguas". Primero desde la observación y luego con la técnica del encuentro, que es lo más valioso que tenemos los seres humanos: la comunicación.Y por último la investigación que unida a la narrativa nos brinda un cuento maravilloso del paraguas y quien lo cuida en este momento. Parece que en esta época se descarta, pero en otros tiempos su uso era una costumbre que hacía básicamente al caballero, y a ese toque de coquetería de la mujer. Que bueno que Chechin guarde esta magia. Es para contarla a los niños.
Un saludo desde España!!. Me ha parecido un artículo maravilloso. Nosotros tenemos una fabrica de paraguas llamada "Paraguas Carballo" y aunque ahora las cosas van muy bien y vemos el futuro con mucha ilusión y esperanza, también hemos pasado momentos de incertidumbre; por eso entiendo a Chechin y le animo a seguir luchando.
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