
Arquímedes Federico.
Qué difícil me es hablar de ciudad en el marco de estos últimos 40 años. No porque no lo pueda intentar, sino porque me invade la tristeza.
Si la ciudad es la máxima expresión física de una ciudad, entonces debo intentarlo desde las imágenes.
En aquellos años ‘60 no se sabía de shopping ni de country, la soja no era tema, el “boliche” era el “night club”, las avenidas eran de dos manos y el tranvía acababa de desaparecer de las calles de Córdoba.
La ciudad, generosa, se construía sobre las bases de la igualdad, la pertenencia y la identidad.
La vivienda social era “una” vivienda, el barrio el barrio y el centro el centro.
La inseguridad no se resolvía con rejas, alarmas, guardias privados, muros…Venía de arriba.
En ese espacio, dos protagonistas, con matices y diferencias pero comprometidos socialmente, se rebelaron y la ciudad, en un momento, quedó en sus manos. Quizás sin saber qué hacer de ella.
Obreros y estudiantes, por sus calles y avenidas, construyeron el camino de una gesta que, con la participación del vecino, marcaron un punto de inflexión en la historia de Córdoba que tiene impronta universal.
La periferia de la ciudad había receptado a los centros fabriles imponiendo una nueva dinámica social, económica y cultural en la que el obrero se sentía protagonista excluyente.
Por su parte, el estudiante, que venía siendo golpeado desde 1966 pero dueño de una inercia arrolladora, también reclamaba protagonismo.
Esta simbiosis se construía en una ciudad con una imagen que en estos 40 años se ha ido desvaneciendo y hasta me atrevo a decir, se prostituyó, se degradó.
La periferia consolidó su peor imagen, nuestra máxima contradicción: pobreza y riqueza.
Pobreza construida desde las políticas de expulsión física y cultural ordenada desde arriba indistintamente por demócratas y golpistas. Expulsión que cimentó un territorio en el que se instaló la falta de esperanza y lo peor de las miserias humanas.
Por otro lado, desde la acumulación de la riqueza, se dio paso a ciudades dentro de aquella ciudad poniendo más “distancia” entre sus habitantes.
El centro y sus adyacencias -territorio preferido de los estudiantes de aquí y de allá- tenía su máxima expresión en el barrio Clínicas.
Barrio de guardapolvos y prostitutas que iba perdiendo su identidad como consecuencia de la expansión de actividades en Ciudad Universitaria. Barrio de casas bajas con forma de hospedajes y pensiones. Noches de peñas y “debut”. Ausente de la imagen ciudadana actual, hoy está presente sólo en el registro inmortal de la poesía y la música.
Puerta de entrada a todo aquel que venía a cumplir el sueño de “mi hijo el doctor”, quedó sepultado por Nueva Córdoba, la que también perdió sus propios sueños, señoriales y burgueses. Una Nueva Córdoba que hoy es la imagen de un estudiantado consumista y descomprometido.
Si “La noche de los bastones largos” fue el principio de este presente, creo que el Cordobazo fue el último intento de una sociedad que mayoritariamente creía en un mundo mejor.
Lo que siguió hasta nuestros días parece ser un camino de ficción: creemos avanzar pero cada vez nos alejamos más.
La ciudad, nuestra Córdoba, ya no nos representa. Casi no tenemos que mostrar. Ni siquiera nos ha quedado el traje “para la ocasión”. Hemos perdido pertenencia e identidad, torpemente retratada en una absurda competencia con Rosario.
El protagonismo está en manos de una fauna urbana insaciable y como tal depredadora.
El recordatorio del Cordobazo termina más cerca del espectáculo que del compromiso.
Su principal protagonista, los sueños, ya no están.
Recomendar esta notaFELICITACIONES FEDERICO. ¿Qué se podría escribir sobre los últimos 20 años? De vivir en el recuerdo de los años mejores nos acostumbramos a esa nostalgia reconfortante. Qué bueno hubiera sido que en estos 20 años la justicia hubiera puesto las cosas en su lugar, después de tanta corrupción y miserias sociales avaladas desde el poder.
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